martes, 25 de enero de 2011

IV  MILONGA MALTRECHA,ELLA ,LOS HOMBRES Y EL TANGO
Ella, sentada en una mesa de un local, sola, bebiendo una cerveza fría, secando sus pies mojados al aire, que se tornaba cálido, húmedo.  Esperaba que sus pies volviesen a su estado natural para ponerse sus tacos altos, de baile. Mientras tanto observaba a esos bailarines que sobrepasaban el medio siglo con facilidad, se habían vestido de gala para la ocasión que sistemáticamente se repetía cada viernes a la noche. Se mostraban dóciles en las artes del baile, aprovechaban muchos de ellos la oportunidad de tocar un cuerpo ajeno, de conectarse a distintos niveles. Ese baile, que nació en los cabarets de principios de siglo, entre putas y borrachos, es una espiral, infinita seducción entre los partícipes, donde se imponen, se agravian, se pelean con pasión de amantes. En ese instante, se apreciaba ciertos rasgos de sus inicios, la osadía de esas mujeres que en esos momentos se veían como prostitutas con estilo, caprichosas y firmes, con carácter. Ellos, ocupando el papel de dueño, de cliente atrevido que maneja con labia y carisma la situación.
Ella sentada en ese rincón, observaba, miraba los pasos, los cortes, las voladas, las sacudidas, los rostros unidos, los ojos cerrados y la diversión posada en sus bocas.
Al fin secados sus pies, se colocó esos tacos que le daban una estatura considerable, estilizaban sus piernas y le brindaban un aire a mujer fatal, consiguió una pareja y se abalanzó a la pista.
Para ella era un juego de doble filo, un arma de destrucción y satisfacción, el nerviosismo le hacía alguna que otra zancadilla para que perdiera la partida, pero su instinto sabía lucharla y arremetía con pasos profundos.

Cuando bailaba, se imaginaba en otra época, una trabajadora de la noche y de lo prohibido,  que mostraba su mercancía en el centro del local lúgubre de pisos de madera, esperando que el macho de turno se sintiera ofendido por tanta provocación y agresión a su masculinidad.
Ella lo sabía, les ganaba antes de empezar, porque para ella solo era un juego, exclusivo, donde perdía el hombre que cayera en su cama.  En esa cama se bailaba el tango más importante de su vida,  con el que los castigaría a una condena inacabable de desolación, de amargura.
Se encargaba de que así fuera.  Al concluir la noche quedaban exhaustos, inválidos de alma, y regresaban a la noche siguiente casi exigiendo volver a verla, otros incluso pedían que se fugara con ellos, pero ella a todos decía que no. Solo una noche, era su consigna, no necesitaba más para condenarlos,  y con eso le bastaba.  Podía parecer una mujer maldita, pero en realidad sólo quería convertir a esos hombres en los mejores escritores, bailarines, cantantes de tango de la historia, los amaba tanto a todos ellos, que esperaba que desde la amargura crearan lo inimaginable y que eso, perdurara eternamente.
Cada noche al terminar de amar a sus machos tendenciosos,  se retiraba al baño, se encerraba y lloraba por no poder verlos nunca más, mientras lloraba se recordaba la frase de su padre “los tangos más hermosos nacen de los corazones rotos, del abandono de las grandes mujeres” y ella sabía que así era. Amaba a esos hombres pero más amaba el tango, la música, el arte y por ello se sacrificaba.
Todo eso se imaginaba mientras bailaba tangos feroces en esa milonga maltrecha y abandonada, donde surgían aventuras que se correspondían con otras épocas. Y soñaba con los ojos cerrados, dejándose llevar por la música, por las voces profundas y el olor a colonia del pasado.


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