En la noche la veía,
tierna, inmensamente hermosa.
En su ombligo de luna llena cabían millones de besos y de halagos.
En ese pecho casi prematuro
se alojaban unos pezones de mariposa y un futuro de maternidad.
Era agridulce, sabrosa, intensa y difícil,
era como la mar,
tosca, furiosa, plena
de a ratos ingenua y en otros yegua sin riendas.
La encontraba siempre nocturna,
y al verla,
se le llenaba la garganta de melancolía.
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