jueves, 31 de marzo de 2011
redondo e inmenso
Sabes cortar los hilos de mi locura, planear hasta la tierra,
y despertar luciérnagas de inspiración.
Caminar a todas las velocidades conocidas, saber bajar los escalones de la humildad si se requiere, y movilizarte por el espacio pintado de caosmosis.
Te pienso como globo interviniendo en el cielo, desalineado con el paisaje e ineludiblemente hermoso.
Te vuelves un libro de mil lecturas, y tus pinturas ni tus manos transmiten verdad, y lo pasado supura fuentes de inacabable melancolía, y nos vestimos de amarga nostalgia.
Entonces ya no puedo recordarte sin verte como un suspiro lejano de aquel ser pleno y azulado, ni pensarte como un ave suntuosa y cromática.
Y no puedo sentir que sabes deambular y descubrir caminos para mí indescifrables, no puedo tampoco perdonar la oscuridad y confiar en tus manos, ni compartir imágenes de tiempo.
Y ya no quiero refugiarme en este campo de lavandas, necesito mar, brisa, lunas brillantes y silencio indicado, y quizás así, pueda retomar nuestras primeros retratos, pensamientos y recuerdos y volveré a sentirte redondo e inmenso como antes.
ovillos y pintura
Me pregunto por qué no puedo dejar de pensar, de intentar traducir, explicar cada cosa que me pasa, de forzarme, de pelearme conmigo para hacer cosas hermosas, particulares, especiales, e introducirme en una espiral de palabras que no dejan de resonar en mi, como intensidad, alas, volar, océano, navegar.
Intento escapar de mis ovillos inacabables de complicación, escribiendo y plantando conflictos que me atraviesan, y con las letras liberarme de su carga y sin embargo, aun allí colgadas se divierten saltando en mi cabeza.
Intento escapar de mis ovillos inacabables de complicación, escribiendo y plantando conflictos que me atraviesan, y con las letras liberarme de su carga y sin embargo, aun allí colgadas se divierten saltando en mi cabeza.
Y me descubro susurrándome frases que son incipientes partos de tal vez poesías impactantes e impuntuales. Que la mayoría mueren en el olvido, a campo abierto.
Otras manipulan los sentidos, te arrastran al teclado que imprime una sinfonía violácea que se cuela por la habitación, ascendiendo como cortina de humo.
Otras manipulan los sentidos, te arrastran al teclado que imprime una sinfonía violácea que se cuela por la habitación, ascendiendo como cortina de humo.
Se trancan los músculos que entran en contradicción, una parte de vos quiere decir todo, completar la hoja con verdades que escalan mi garganta, perforándola. Y en ese instante, salta otra parte que lucha por resguardarse,por empujar de vuelta a mis entrañas todo ese fuego de sinceridad que quiere abarcarlo todo. Y se completan los álbumes de una dialéctica perfecta y penosa, dura y arenosa.
miércoles, 23 de marzo de 2011
te cuento
Te cuento esto, porque si yo fuese tú, querría saberlo. No sé que podrás hacer con esta información, si te pondrá triste, te alegrará, te dará fuerza o te derrumbará. Tampoco sé que hacer yo con esta bomba de tiempo que guardo entre mis ojos, que me mordisquea y me patea por dentro. Tal vez, no debería adentrarme en este teatro, ni abrir el telón antes de tiempo, no es mi obra ni mi escenario, en este desierto no tengo un papel ni un asiento donde descansar.
Perdona si molesta la sinceridad rasposa y cruel que te machuca la mente y descompone en cien posibles tu, pero tal vez, si lo sabes, puedes decidir con libertad.
martes, 22 de marzo de 2011
descalza
Descalza la noche,
desnuda,
corre sobre ese manto despejado,
sola y alegre.
De a ratos, quiebra cristales y los arroja sobre la alfombra.
Sacude las sábanas
y llueve en la Tierra.
Riega con delicadeza el espacio que recorre,
y despacito,
impregna el mundo con cierta decadencia.
desnuda,
corre sobre ese manto despejado,
sola y alegre.
De a ratos, quiebra cristales y los arroja sobre la alfombra.
Sacude las sábanas
y llueve en la Tierra.
Riega con delicadeza el espacio que recorre,
y despacito,
impregna el mundo con cierta decadencia.
en ti, lunática ciudadana
En tu mirada veo miles de viajes, veo como las aves descorchan el amanecer.
En tus labios más de cien discursos de silencio,
en tu cuello se intercalaban pensamientos inquebrantables,
en tu pecho mariposas de otoño
y en tu vientre, tantas melodías acumuladas,
Te quiero a ti, lunática,
extraña ciudadana.
En tus labios más de cien discursos de silencio,
en tu cuello se intercalaban pensamientos inquebrantables,
en tu pecho mariposas de otoño
y en tu vientre, tantas melodías acumuladas,
Te quiero a ti, lunática,
extraña ciudadana.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Otros océanos, otras puertas
Prometes bajo sentimientos que te aprisionan juramentos que te sabes incapaz de cumplir. A quién querés engañar? Decís y volvés a decir que no lo vas a hacer, que no recaerás en ese mismo pozo en el que adorás zambullirte, ese pozo en el que abundan miserias, sufrimiento y necesidades imposibles, te gusta nadar en él, poder comprender por qué no podes disfrutar de otras cosas, deleitarte y endulzarte con todo lo que tenés y sos capaz de tener. Preferís el dolor, crees que desde ahí nace lo mejor que tenés, que ahí reencontrás las fuerzas para seguir en pie en esta maratón inacabable. Pero ¿cuándo vas a ser capaz de admitir tu derrota? Partís desde el error, buscas aquello que te reniega. Es hora de cambiar, de abrir esa otra puerta que siempre cruzas en tu camino y a la que esquivás siempre de formas distintas. Ahora toca adentrarse en ella, redescubrirte, comenzar a conocerte, entenderte, perdonarte, limpiar tu cuerpo de todo lo insano que acumulaste durante años y seguir adelante, para tomar nuevos vuelos, conocer otros océanos, reinventar olores, y nadar libre.
lunes, 14 de marzo de 2011
Nacha inventa vidas...
Nacha vive acá y allá, se identifica mucho con las aves, con los pájaros que abren en canal el cielo austral, pero también ella es un bicho de ciudad, lo sabe, lo admite, goza de esas escapadas a tierras lejanas, a lugares gélidos o extremadamente calurosos, no se queja, disfruta pero no es su vida. Le encanta imaginarse viviendo en un pueblo de una costa perdida, con su familia, sus cosas, sus ritos y cotidianeidades, pero sabe que no podría. Le angustia de una forma impensable el sentirse aislada, aunque muchas veces juguetea con esa fotografía.
Tiene épocas en las que disfruta muchísimo caminar por la ciudad, recorrerla, descubrirla, cruzar los médanos de gente, observarlos, sospechar qué clase de vida tienen, a donde van, de donde vienen, qué quieren de esta vida. Hoy estaba en esa racha, recorrió la calle principal ligera y tranquila, sin dejarse apabullar por los incontables anuncios y bombardeos de información, la envolvía una burbuja de perspectiva, de “objetividad”. Allí en un escalón encontró comodidad, se armó su tabaco y miró, miró a las gentes corriendo, a otros sonriendo solitarios, a charlas complejas y superfluas, mamó todo ese exterior abrumador e intenso.
Poco tiempo llevaba ella ahí cuando una chica se sentó a su lado, la vio atravesar la calle con su vestido veraniego, curvilínea, luminosa. Tenía un aire extranjero, nórdico, que entonaba a la perfección con todo lo que rozaba su sombra. Nacha la miraba de reojo, disimulando, sin querer cohibirla ni intimidarla, se centraba en sus dedos largos y espectaculares que con cierta docilidad armaban tabaco, su boca plana y diminuta que pitaba sin cesar, consumiéndolo con una rapidez que contrastaba con la liviandad que transpiraba esa muchacha.
Nacha tiene una cámara en la cabeza, todo se convierte para ella en un interruptor que abre la puerta de la imaginación y ahí desencadena una película de su vida, ella había sido el botón que estrenaba el nuevo “film”. En pocos segundos soñó con que esa tipa le pediría fuego, entablarían una conversación en un principio banal y superficial con la que supuestamente se genera un ambiente distendido y de fingida comodidad, posteriormente fluirían temas en común, ideas, conceptos, comenzarían a conocerse. Tal vez, luego de unas horas de charla en la calle, ella la invitaría a tomar un café a algún bar, se sentirían en confianza para contarse secretos, misterios, intimidades de las que uno no suele hablar. Reiría, se sonrojaría, estaría contenta de haberla encontrado, en algún segundo se establecería una conexión especial entre ellas, las miradas entablarían una conversación paraverbal. Y así, sin darse cuenta siquiera estarían introduciéndose una en la otra, queriendo con locura a la mujer que se encontraba enfrente, y cuando todo eso calara en sus huesos, se besarían. No importaría que otros las mirasen, las señalaran o las juzgasen, todo eso quedaría por fuera de ese beso magnífico, tierno y contundente, sería único.
Fueron unos segundos, en lo que tarda en consumirse un cigarro imaginó todo eso, no faltó ni un mísero detalle, le puso voz, vida, acento, intensidad a todo.
Cuando se cansó de esa historia, se levantó y arrancó a caminar nuevamente, para encontrarse con más posibles vidas, más cuentos, más momentos que inventar.
domingo, 13 de marzo de 2011
bienvenido al olvido...
Estoy cansada de esperar a que tengas la decencia de responderme con sinceridad, de que dejes tu complicación de lado, y que digas la verdad.
Cansada de perdonar tus locuras, de aguantar tus contrariedades, de retener el impulso y las ganas de que me abraces.
Me agoté de escarbar en tus actos, de respirar profundo para no enojarme. De sentir que no te importo, de tus exigencias por ser único y especial, de tus extravagancias para llamar la atención. De todo estoy cansada, terminaste con mi paciencia y me cariño, ya no quiero mirarte, ni acariciarte el pelo, ni sonreír cuando me hablas, ni pensar en vos.
Solo quiero olvidarte, dejarte atrás, hacer que te pierdas en el bosque robusto donde marchan todos aquellos que me hacen mal. Por que tú no has parado de lastimarme, y ha sido mi culpa, yo lo he permitido, te he permitido demasiado y he puesto en juego más de lo que debería por esto, por nada.
Así que exhausta te pienso por última vez para darte la bienvenida al olvido.
ya no podemos seguir jugando a esto...
Tu resoplo en mi pecho,
tu incipiente barba presionando mi espalda.
Lo retengo.
Son esos recuerdos lo que quiero coleccionar.
Pero solo nos queremos desde el error, desde aquello que hiere y desde todo eso que queremos desechar.
Perdemos, es lo único que hacemos juntos y bien. Perder y pelear hasta que nuestra paciencia trasnoche exhausta.
Ya no confío en vos, en tus gestos trancados, en tu mirada temblorosa.
Hemos apostado tanto que ya no nos queda ni la desconfianza.
Aceptémoslo,
ya no podemos jugar más,
ya no hay nada que "queramos" dar.
tu incipiente barba presionando mi espalda.
Lo retengo.
Son esos recuerdos lo que quiero coleccionar.
Pero solo nos queremos desde el error, desde aquello que hiere y desde todo eso que queremos desechar.
Perdemos, es lo único que hacemos juntos y bien. Perder y pelear hasta que nuestra paciencia trasnoche exhausta.
Ya no confío en vos, en tus gestos trancados, en tu mirada temblorosa.
Hemos apostado tanto que ya no nos queda ni la desconfianza.
Aceptémoslo,
ya no podemos jugar más,
ya no hay nada que "queramos" dar.
miércoles, 9 de marzo de 2011
2º parte, capítulo 3
Por minutos se va llenando el cenicero, miro mis manos abarrotadas de pintura, resucitadas por tus palabras y silencios, y solo te pueden responder con cortos párrafos, minúsculas ideas.
Hoy estuve mirando algunas pinturas, tus pinturas, especialmente aquella. Te acordás de esa tarde que llovía torrencialmente y salimos a palparla?, después entramos en casa y nos quitamos la ropa, yo agarre un lienzo y las pinturas, vos te tiraste al suelo con tus libros y poesías, yo te miraba como leías, como escribías, hipnotizado, en trance mientras mis manos se movían guiadas por un ente ajeno a este mundo.
Que hermosa te recuerdo, con tus curvas casi maquiavélicas, tus dos gigantescas montañas, tu campo de flores, tus lunares como piedras de un camino que recorren todo tu cuerpo, algunas formando tríos y otras esparcidas arbitrariamente en los lugares precisos.
Tus piernas tambaleantes, llevando el ritmo de una canción cambiante, la fuerza de tus caderas anchas creadas para crear, tus brazos sinceros y siempre en posición de lucha, las manos dulces que te obsequian el cielo, los ojos sabios de quien ha recorrido mundo, sin miedo, desafiantes, orgullosos; la boca carnosa que sabe escupir fuego y ser madre, amiga y compañera.
Si supieras cuantas veces he pensado en ese instante, tantas veces tallé tu cuerpo de memoria, aun hoy puedo hacerlo con los ojos cerrados.
Casi con la misma intensidad vuelve a mi la sensación de estar frente una diosa griega, y yo ahí produciendo una copia vulgar de un momento olímpico.
Que extraño se me hacía no tener tu vientre en el que apoyarme, no encontrar tu pechos como mi segundo hogar, ni perforar a Cronos con nuestros besos.
Añoro no sentir tu ausencia, ser hedonista, despreciar la rutina y los estereotipos, mantener esas charlas filosóficas eternas que terminaban en un abrazo intenso. Hubo un tiempo en el que llegue a extrañar no extrañarte,como cuando no te conocía, luego de ese pequeño lapsus volvía en mi y no recordaba como me sentía, qué pensaba o si había sido feliz cuando no te tenía.
2º parte, capítulo 2
Viví durante mucho tiempo sumergido en ese limbo emocional, donde nada te amarga ni te alegra, apenas podía esculpir, ni siquiera podía pintar. Todos los colores se me hicieron
hirientes, malditos, formados por esa aura inmaculada que no transmite nada destacable.
No podía pintar, ya no se sentaba en mi cama la mirada de esa diosa encarnada, no encontraba razones por las que crear, no sabía qué crear, todo era igual y a la vez me parecía sólo un pobre heredero de un trozo de tierra que un día fue un gran imperio.
Yo me percibía así, arañado por la vida, como si me hubieran amputado las manos, la sonrisa.
Con el correr de los meses fui evolucionando, conseguía dormir algunas horas seguidas,
salir a dar paseos por la playa, aunque siempre eran nocturnos y duraban hasta el alba.
Una mañana desperté y tomé el pincel, no sabía que iba a hacer, sólo me dejaba llevar, aparecían imágenes que me encandilaban, risas y sonrisas, abrazos eternos, miradas furtivas, navegantes, charcos de miles de kilómetros, ojos melancólicos, manos entrelazadas, árboles, dioses que separaban, poesías que unían y muros que no caían.
A partir de ese instante volví a recobrar algo de lo que llegó a ser mi vida, instalé alguna que otra peregrina en mi lecho, aunque me negaba a implicarme, no podía quererlas,
era demasiado para mí, un paso que no me atrevía a dar. Con mas de una me reproché el no poder amarlas, pero ellas no tenían la culpa de que no las quisiera, era yo, otra vez había quedado inválido mi tonto corazón.
Leo y releo tu carta, una vez más consigue emocionarme, empapás mi cuerpo con tus palabras, y mis ojos lloran por tus letras, mi ropa llena de pintura, mis manos agrietadas por la arcilla, secas y maltratas por el mármol, la lija, el cincel, la sostienen con la mayor delicadeza capaz en una estructura ruda y huraña.
Eras mi cometa, el elemento que me unía con el cielo, ligera, libre, que transportaba por un hilo millones de sonidos, eras quien sabía poner las exactas palabras a mis pinturas, quien expresaba con total sinceridad lo más temible del alma. No te intimidaba ser directa, herir si con eso cambiabas algo, si llegabas a otra persona, aquellos que te amaron y te aman lo comprenden, e incluso aquellos que te odian también, esa es la razón de su rencor, conocer tu don y tu valor.
Que triste suena todo cuando se pronuncia en voz alta, decir que así me mantuve ya no sé ni cuanto tiempo, no, mentira, se exactamente que cantidad de meses, días y noches, horas, minutos e incluso segundos estuve ausente en mi propio cuerpo. Me da vergüenza decirlo, sí, sobre todo decírtelo.
Con todo esto no pretendo tantear tu piedad, ni llamar a la puerta de tu empatía para que llores ni recorrer los recovecos de mi autocompasión. Vomito todos mis dolores, mis fantasmas sobre este papel para quedar en paz conmigo mismo, para explicarte cuanto significaste para mí, contestar con la verdad a lo que una vez sucedió, cerrar con llave esa época y crear una nueva.
2º parte, capítulo 1
Reconozco que tu carta revivió muchas, incluso demasiadas historias, horas, noches, poesías, abrazos, encuentros y sentimientos.
Siempre he pensado mucho en vos, en aquellos meses, en ese amor demencial, en la lucha por mantenernos unidos a pesar del tiempo, la distancia, la cultura, todo y todos.
Busqué durante años una persona que curara esta herida que no ha parado de sangrar, que ocupara el vacío de mi cama, y de mi alma. Pero nadie lo consiguió, a pesar de ser hermosas personas, y de que todas se te parecían, ninguna te igualó.
Intenté y por momentos me di permiso para crearme excusas para escribirte, llamarte o ir a verte, un día casi conseguí justificarme un viaje a la capital, y encontrarte, y mirarte aunque solo fuera de lejos. Pero supuse que te habría llevado el viento a otros mundos, para encontrarte con otros vos, y con distintos otros, para crear nuevos ustedes.
Me daba pánico ya no conocerte, haber perdido toda la magia, haberme convertido en alguien tan distinto que ya no tuviéramos nada mas en común que el pasado, o que al contrario, siguiera exactamente igual sin haber evolucionado lo más mínimo.
Sentía una presión casi tan insoportable como la de no tenerte, solo de pensar que rompería con el retrato inusualmente perfecto de nuestro pasado para crear una nueva imagen del presente que tirara por los suelos nuestros recuerdos. Estúpido de mi, igual o más cobarde que antes, aunque eso ya lo sabés, nunca tuve valor para salir y enfrentarme a mis temores, a mis necesidades, a mis inquietudes. Solo viví la valentía cuando vos estuviste a mi lado, tu capacidad de lanzarte al vacío, de prepararte para lo peor esperando lo mejor, me motivaba, me daba el empujón que requería, me inspiraba para ser mejor, para parecerme a vos, para vivir.
Y ahora llega tu carta, después de tanto tiempo, y me siento fracasado, debí irme con vos en aquel tren, cabalgar juntos a lo inesperado, navegar unidos a un nuevo puerto, cruzar mares, montañas, océanos, miseria y derroche. Pero de que sirve ahora entrar en la espiral depresiva del “debí o si hubiera”, nada arreglaría el pasado, no recrearía la historia.
Ahora me encuentro zambullido en millones de ideas que se machacan unas a otras para ser las primeras en salir de mi boca, caen casi arrojadas desde un precipicio.
Escondo mi mirada en el café, como si allí encontrara una respuesta fácil y simple, aunque sólo veo reflejada tu persona, me acuerdo de lo "adicta" que eras a este manjar, y como conseguiste que me apasionara tanto como a vos.
No la encuentro, no puedo hallar esa salida sin complicaciones.
Tardo horas y horas en escribirte tan sólo unas palabras, miro la hoja que está vacía y me imagino todas las cosas que no dije en su momento, todo lo que venía guardando desde que te fuiste, y desde que apareciste en mi vida, pero queriendo expresar todo no digo nada.
Tiemblo, transpiro, aparecen nuevos y viejos tics, me descubro rascándome la barba
como lo hacías vos bajo aquel árbol donde dormíamos la siesta.
Sé que te bombardeo con pequeños y grandes recuerdos, son los mismos con los que llené muchos de los instantes en los que me sentí luna menguante esperando el amanecer.
No puedo explicar todo, preferiría que nos viéramos o que al menos mantuviéramos un poco más esta relación epistolar que un día dejamos que se apagara a nuestra vera.
Ato los retazos vividos como guirnaldas, y allí encuentro de los mejores momentos, calientes, tibios, milagrosamente fríos, todos decorados por tu presencia.
Debo parecer un obsesivo, pero qué puedo decir, dejarte ir fue uno de los tantos errores que no voy a perdonarme jamás.
viernes, 4 de marzo de 2011
EL PECADO DE AMARSE Y VIVIR DE LA POESÍA
Todavía me acuerdo como nos conocimos, hace ya un tiempito atrás. En un verano que estaba sujeto aun a la niñez y enlazándose de a poco a la adultez, con la libertad servida en bandeja de plata sentí repentinas ganas de hacer caso a mis instintos, de no ser tan racional e impulsarme a nuevas experiencias.
Así que sin pensármelo mucho, había agarrado el macuto, puesto lo justo y necesario para ir a conocerlo. Con poco dinero en el bolsillo, euforia cabalgando por mis venas, el estómago volcado tomé el primer tren que partía a mi destino.
Primero me sentía rara, no me reconocía en la ventanilla de aquel carruaje que corría casi a la misma velocidad que mis pensamientos, me reí, me sentía una extraña viendo a una muchacha de pocos años que se había levantado con ganas de enfrentarse al mundo y vivir sin tantas responsabilidades que a su edad no le correspondían. Me sentía feliz, aterrada, entusiasmada y por momentos un poco loca, pero me gustaba esa sensación.
El nerviosismo por encontrarlo a veces me paralizaba y a veces me hacía moverme como si millones de hormigas recorrieran mi cuerpo.
Al bajarme, lo vi, ahí sentado después de estar al menos una hora esperándome, aunque sabía que mi tren llegaría con retraso, intentaba juntar todo lo más rápido posible para poder correr y tocarlo, sentir que todo aquello no era un sueño, pero la cola se hacía infinita, desde donde me encontraba lo miraba como se levanta y agachaba, fumaba, se estrujaba las manos, y me rebuscaba con esos ojos negros. Cuando me halló, su expresión tensa se transformó en una sonrisa al principio tímida que fue creciendo como el sol en la aurora. Quería volar hasta él, pero mis pies se volvían torpes, la gente se cruzaba sin fijarse demasiado a quien atropellaba por el camino, y la alegría iba saliendo por mis poros de una forma que nunca había conocido.
Nos miramos, y entonces comprendí por qué había hecho ese trecho que hasta ese momento parecía eterno.
Fuimos a su casa que a pesar de ser enorme me parecía muy acogedora, se respiraba allí el aire tranquilizador lleno de buenos presagios. Lo primero que hicimos fue bajar al sótano y me mostró sus obras, que se apilaban en un rincón como libros en una estantería desordenada pero daba la sensación de que cada uno estaba en el lugar apropiado cumpliendo su función.
Nos sentamos en el suelo mirándonos fijamente, intentando excavar en los ojos del otro para descubrir sus pensamientos y comenzamos una charla que no tenía fin, que nos arrastraba por todas las habitaciones de su hogar hasta llegar al jardín, donde ambos nos echamos al pasto. Teníamos a las estrellas y a la luna, que de pronto se transformaron en testigos mudos de nuestro primer roce, endulzando el uno al otro con su lengua.
Sin darnos cuenta, estábamos tan cómodos con la compañía del otro que parecía que nos conocíamos de siempre, actuábamos sin querer queriendo como una pareja que hace años convive junta.
Sentí que las horas eran minutos, quería grabarlos en mi mente para no olvidarlos nunca.
Cerraba los ojos y respiraba profundo, tomaba el olor en mis pulmones, lo contenía todo el tiempo que podía e intentaba memorizarlo, guardarlo en una cajita junto con sus abrazos y palabras, para poder volver allí cuando quisiera.
Debajo del sauce llorón, comencé a escribir tratando de materializar esos sentimientos nuevos, de transcribir sus ojos, su boca y su sabor tan peculiar. Las palabras fluían como un río en su juventud, que no se detenía con ningún obstáculo. Por momentos pensaba que si en ese mismo instante moría, no importaría porque sería de una forma dulce y perfecta plagada de recuerdos casi irreales.
Así que sin pensármelo mucho, había agarrado el macuto, puesto lo justo y necesario para ir a conocerlo. Con poco dinero en el bolsillo, euforia cabalgando por mis venas, el estómago volcado tomé el primer tren que partía a mi destino.
Primero me sentía rara, no me reconocía en la ventanilla de aquel carruaje que corría casi a la misma velocidad que mis pensamientos, me reí, me sentía una extraña viendo a una muchacha de pocos años que se había levantado con ganas de enfrentarse al mundo y vivir sin tantas responsabilidades que a su edad no le correspondían. Me sentía feliz, aterrada, entusiasmada y por momentos un poco loca, pero me gustaba esa sensación.
El nerviosismo por encontrarlo a veces me paralizaba y a veces me hacía moverme como si millones de hormigas recorrieran mi cuerpo.
Al bajarme, lo vi, ahí sentado después de estar al menos una hora esperándome, aunque sabía que mi tren llegaría con retraso, intentaba juntar todo lo más rápido posible para poder correr y tocarlo, sentir que todo aquello no era un sueño, pero la cola se hacía infinita, desde donde me encontraba lo miraba como se levanta y agachaba, fumaba, se estrujaba las manos, y me rebuscaba con esos ojos negros. Cuando me halló, su expresión tensa se transformó en una sonrisa al principio tímida que fue creciendo como el sol en la aurora. Quería volar hasta él, pero mis pies se volvían torpes, la gente se cruzaba sin fijarse demasiado a quien atropellaba por el camino, y la alegría iba saliendo por mis poros de una forma que nunca había conocido.
Nos miramos, y entonces comprendí por qué había hecho ese trecho que hasta ese momento parecía eterno.
Fuimos a su casa que a pesar de ser enorme me parecía muy acogedora, se respiraba allí el aire tranquilizador lleno de buenos presagios. Lo primero que hicimos fue bajar al sótano y me mostró sus obras, que se apilaban en un rincón como libros en una estantería desordenada pero daba la sensación de que cada uno estaba en el lugar apropiado cumpliendo su función.
Nos sentamos en el suelo mirándonos fijamente, intentando excavar en los ojos del otro para descubrir sus pensamientos y comenzamos una charla que no tenía fin, que nos arrastraba por todas las habitaciones de su hogar hasta llegar al jardín, donde ambos nos echamos al pasto. Teníamos a las estrellas y a la luna, que de pronto se transformaron en testigos mudos de nuestro primer roce, endulzando el uno al otro con su lengua.
Sin darnos cuenta, estábamos tan cómodos con la compañía del otro que parecía que nos conocíamos de siempre, actuábamos sin querer queriendo como una pareja que hace años convive junta.
Sentí que las horas eran minutos, quería grabarlos en mi mente para no olvidarlos nunca.
Cerraba los ojos y respiraba profundo, tomaba el olor en mis pulmones, lo contenía todo el tiempo que podía e intentaba memorizarlo, guardarlo en una cajita junto con sus abrazos y palabras, para poder volver allí cuando quisiera.
Debajo del sauce llorón, comencé a escribir tratando de materializar esos sentimientos nuevos, de transcribir sus ojos, su boca y su sabor tan peculiar. Las palabras fluían como un río en su juventud, que no se detenía con ningún obstáculo. Por momentos pensaba que si en ese mismo instante moría, no importaría porque sería de una forma dulce y perfecta plagada de recuerdos casi irreales.
Habíamos creado una rutina algo extraña pero que se acomodaba a nuestras necesidades, con tiempo para todo y para nada, porque los días siempre se nos quedaban chicos. Por la noche y madrugada hablábamos, nos contábamos secretos nunca revelados, fantasías, sueños, metas y pasado. Luego aprovechábamos la brisa y la sombra de alguno de los árboles para dormir un rato, él aprovechaba esos instantes para grabarlos en la retina y crear algo.
Paseábamos por la playa, leíamos y buscábamos la felicidad en las cosas simples e inesperadas.
Paseábamos por la playa, leíamos y buscábamos la felicidad en las cosas simples e inesperadas.
Nos atormentaba el correr de la semana y el final del viaje siempre terminaba por aplazarse un poco más.
Pretendíamos que aquello fuera eterno, aunque los dos comprendíamos que no sería así, pero no queríamos pensarlo, nos habíamos convertido en plenos hedonistas y todo nos sumergía en un placer descontrolado al que no teníamos intención de poner freno, al menos por el momento...
Pretendíamos que aquello fuera eterno, aunque los dos comprendíamos que no sería así, pero no queríamos pensarlo, nos habíamos convertido en plenos hedonistas y todo nos sumergía en un placer descontrolado al que no teníamos intención de poner freno, al menos por el momento...
En una de las tardes en las que dormíamos bajo aquél árbol, me desperté bruscamente, agitada, aterrorizada, pensaba que esos primeros días que pasé junto a él había sido simplemente un alucinación, enseguida sin esperármelo sentí su mano que empezaba a recorrerme la espalda hasta llegar a mi nuca, entrar en mi pelo, pasar por el cuello y acariciarme la cara. Entendí que fue sólo una pesadilla, él estaba leyendo un libro exageradamente enorme que no podía ni mantener en alto con sus dos manos durante más de 5 minutos, con una sonrisa que reflejaba tantas cosas, cosas que no hubiera imaginado nunca que podría experimentar ni siquiera en mis mejores sueños.
Las horas avanzaban aunque peleábamos con uñas y dientes para que no sucediera, pero el tiempo es maldito y seguía su curso. El tic tac era una especie de tormenta que se nos venía cada vez mas encima, intentábamos evitar pensar en eso y disfrutar, aunque siempre perdíamos algún minuto en afligirnos.
Aprendíamos de todo sobre el otro, desde las cosas más simples y sencillas hasta respuestas peculiares a preguntas hipotéticas y poco probables.
Mi vida se había convertido en una curva praxiteliana y él en mi apoyo imprescindible para mantenerme en pie y expandirme por el espacio.
En un momento me pare a pensar en cómo había pasado todo esto y cuánto estaba marcando en mi esta experiencia que surgió de una locura de niña cansada de serlo, que salió un día de su casa buscando liberarse y se había atado a unos sentimientos a los que nunca se había enfrentado.
Llegaba la hora del adiós, la realidad se había transformado de dulce e irresistible en cruel y dolorosa, intentábamos ocultarlo todo por dentro, mostrar una sonrisa para confortar al otro, pero ninguno de los dos nos lo creíamos...
Esto no terminaba ni con un fin hermoso de cuentos de hadas pero tampoco se iba a convertir en una tragedia de Shakespeare, porque no era el final de esta historia, sólo de una fase, todo lo mejor siempre está por llegar me y le repetía sin parar.
Las horas avanzaban aunque peleábamos con uñas y dientes para que no sucediera, pero el tiempo es maldito y seguía su curso. El tic tac era una especie de tormenta que se nos venía cada vez mas encima, intentábamos evitar pensar en eso y disfrutar, aunque siempre perdíamos algún minuto en afligirnos.
Aprendíamos de todo sobre el otro, desde las cosas más simples y sencillas hasta respuestas peculiares a preguntas hipotéticas y poco probables.
Mi vida se había convertido en una curva praxiteliana y él en mi apoyo imprescindible para mantenerme en pie y expandirme por el espacio.
En un momento me pare a pensar en cómo había pasado todo esto y cuánto estaba marcando en mi esta experiencia que surgió de una locura de niña cansada de serlo, que salió un día de su casa buscando liberarse y se había atado a unos sentimientos a los que nunca se había enfrentado.
Llegaba la hora del adiós, la realidad se había transformado de dulce e irresistible en cruel y dolorosa, intentábamos ocultarlo todo por dentro, mostrar una sonrisa para confortar al otro, pero ninguno de los dos nos lo creíamos...
Esto no terminaba ni con un fin hermoso de cuentos de hadas pero tampoco se iba a convertir en una tragedia de Shakespeare, porque no era el final de esta historia, sólo de una fase, todo lo mejor siempre está por llegar me y le repetía sin parar.
Al llegar a casa después de unas semanas inolvidables, me sentí llena de contradicciones, por un lado había vuelto a mí ese vacío que ya conocía desde hacía mucho tiempo. La primera vez que apareció fue hace varios años atrás cuando deje mi vida al otro lado del océano y al pisar el aeropuerto me habían tatuado en el alma inmigrante y apátrida, el vacío se mantuvo en mí durante más de un año.
Volvió cuando mis padres dejaron el país y yo el nido, pero fue más bien un sentir puntual que pronto se marchó.
En ese momento era diferente, sabía que era él, pero no me sentía angustiada como en muchas otras situaciones sino que era una mezcla de tristeza esperanzadora, de felicidad marchita, de tormenta después de estaciones soleadas.
Volvió cuando mis padres dejaron el país y yo el nido, pero fue más bien un sentir puntual que pronto se marchó.
En ese momento era diferente, sabía que era él, pero no me sentía angustiada como en muchas otras situaciones sino que era una mezcla de tristeza esperanzadora, de felicidad marchita, de tormenta después de estaciones soleadas.
Me miré al espejo, ya no veía a una niña, se reflejaba una adulta, que tenía que hacer frente a sus fracasos, a sus amores y desamores, a sus triunfos y derrotas. Ya no estaba bajo el ala materna, desde que tomé la decisión de mudarme con una amiga para comenzar con Mi vida.
Saqué todo del macuto, observé esa casa que siempre me pareció acogedora, tierna y ahora la sentía fría, me faltaba él, aunque entendía que no era ni la casa, ni la ciudad, ni objetos, era yo, me faltaba mi apoyo en esta curva praxiteliana.
Colocando las cosas de nuevo en su sitio, sentí su olor estaba impregnado en todas mis cosas, en mi cuerpo, en mi, olor a tardes de charlas, a escritura, a anécdotas, a siestas bajo el árbol, a paseos por la playa, a sus manos y a su lengua. No supe muy bien como reaccionar, de a poco se me fue dibujando una sonrisa, los ojos vidriosos, aguanté y seguí con mis quehaceres.
Mi compañera estaba trabajando y hasta tarde no llegaría, yo no estaba dispuesta a caer en el abismo de la angustia y el llanto desamparado. Decidí concentrarme en otras cosas, y si era posible que no me hicieran pensar demasiado en nada, porque todos los caminos me llevaban a Roma y en esos momentos él era Roma.
Las horas se hicieron eternas, el reloj me asechaba su sonido se incrustaba en mis sienes, así que junté el morral y fui a ver a mi hermana que vivía a en el otro extremo de la ciudad.
Tomé el metro para llegar lo antes posible y estar con mis sobrinos, pero encontraba recuerdos en todos lados, veía su cara en cualquier hombre y sabía que ninguno de ellos era él, porque nadie se le podría parecer.
El color de una camiseta, una posición, todo era excusa para traerlo de nuevo a mi mente, salí disparada de aquel lugar que empezaba ahogarme.
Los 45º de la calle me dispersaron un poco...
Saqué todo del macuto, observé esa casa que siempre me pareció acogedora, tierna y ahora la sentía fría, me faltaba él, aunque entendía que no era ni la casa, ni la ciudad, ni objetos, era yo, me faltaba mi apoyo en esta curva praxiteliana.
Colocando las cosas de nuevo en su sitio, sentí su olor estaba impregnado en todas mis cosas, en mi cuerpo, en mi, olor a tardes de charlas, a escritura, a anécdotas, a siestas bajo el árbol, a paseos por la playa, a sus manos y a su lengua. No supe muy bien como reaccionar, de a poco se me fue dibujando una sonrisa, los ojos vidriosos, aguanté y seguí con mis quehaceres.
Mi compañera estaba trabajando y hasta tarde no llegaría, yo no estaba dispuesta a caer en el abismo de la angustia y el llanto desamparado. Decidí concentrarme en otras cosas, y si era posible que no me hicieran pensar demasiado en nada, porque todos los caminos me llevaban a Roma y en esos momentos él era Roma.
Las horas se hicieron eternas, el reloj me asechaba su sonido se incrustaba en mis sienes, así que junté el morral y fui a ver a mi hermana que vivía a en el otro extremo de la ciudad.
Tomé el metro para llegar lo antes posible y estar con mis sobrinos, pero encontraba recuerdos en todos lados, veía su cara en cualquier hombre y sabía que ninguno de ellos era él, porque nadie se le podría parecer.
El color de una camiseta, una posición, todo era excusa para traerlo de nuevo a mi mente, salí disparada de aquel lugar que empezaba ahogarme.
Los 45º de la calle me dispersaron un poco...
Cuando creía que me había sacado de la cabeza todo esto, escuché el móvil sonando con toda su fuerza, en la pantalla aparecía su foto. Era él, que quería saber como había pasado el viaje, cómo estaba.
Al principio quería decir tantas cosas que la boca no iba al mismo ritmo que mis pensamientos y por primera vez un hombre me hacía tartamudear.
Luego sin pensar demasiado vomitaba las palabras con relativa coherencia, con una normalidad que me asombraba y me ponía nerviosa. Él reía, con esa carcajada tan peculiar, tan linda y tan grave, tan él. Caminaba sin darme cuenta ni por donde iba, pero llegué a casa de mi hermana y abrí con mis llaves.
Vi a mi cuñado que con cara de extrañado que preguntaba qué me pasaba, por qué tenía esa cara de felicidad, nunca me vio con unos ojos tan brillantes hasta aquel momento.
Acto seguido me puse colorada, él lo había oído y yo lo sabía. Sentía su sonrisa pícara incluso sin verlo ni emitir sonido alguno, debía estar bajo el árbol, sobre la manta, pasando entre sus dedos el viento, se tocaba intercalando la franja del ombligo y la perilla.
Mis sobrinos corrieron a saludarme, todo se volvió un alboroto que no podía controlar así que pactamos una hora para comunicarnos, nos despedimos con un te quiero al unísono y espontáneo.
La cara de embobada se me notaba a la legua, todos a mi alrededor preguntaban dónde había estado y con quién, también que persona era aquella que me llamaba y conseguía ponerme de esa manera.
Estaba aturdida, no sabía cómo empezar, respondía con monosílabos o frases cortas, siempre me había costado expresarme en temas amorosos, ellos lo entendían.
Conseguí vencer las horas en compañía de mi familia, tomé el primer bus que pasaba y me dejaba lo más cercano a casa posible, se me tiraba encima el momento esperado para hablar con él y creía que no llegaba.
Corriendo como pocas veces lo había hecho, llegue al portal, abrí bruscamente el portón, que casi rompo entre tanto histeriquismo, y subí lo mas rápido que pude las escaleras hasta el segundo piso. Las estúpidas trancas del apartamento generaban que empeorase la situación, podía escuchar el sonido del teléfono y la ausencia de quien lo contestara. Chocándome contra todo atendí, pero no era él, era una inoportuna vendedora que tenía intención de engatusarme con algo bastante inútil y poco necesario para mi vida, además de ocupar la línea, la cual requería con urgencia.
Camuflando mi enojo, traté de ser lo mas cortés posible y terminar con la llamada para hablar con él, pero la señorita era incapaz de entender un no por respuesta, así que dejé mi educación a un lado y corté sin mas preámbulos.
Al instante sonó, era él reconocía su número y nos embarcamos en una charla de varias horas hasta que decidimos irnos a la cama a pesar de querer seguir hablando, ya que ambos teníamos al día siguiente que trabajar y una vida que afrontar, al margen de esas significativas semanas.
Me tiré en la cama vencida por el cansancio, pero mis ojos estaban como platos pensando en qué iba a hacer con todas estas experiencias, con mis sentimientos. Me metí bajo el edredón y sentí que la cama era demasiado grande, notaba el vacío de su cuerpo, me había acostumbrado a notarlo ahí, a que su brazo rodeara mi cuerpo, su respiración en la nuca, su calor que hacía que durmiéramos desnudos para contrarrestar la brisa nocturna.
Poco a poco me fue ganando el sueño y caí rendida.
Temprano me levanté, me bañé y preparé el café para empezar el día, mientras fumaba el primer cigarro apareció mi compañera con cara de haber descansado poco, frotándose los ojos y me vio ahí, sentada con la taza entre las manos.
Se sorprendió y pegó un grito como si hubiera visto un fantasma, se me acercó ejecutando preguntas sobre el viaje.
Los ojos se me iluminaron, ella comprendió de quién se trataba y nos enroscamos en una conversación corta pero contundente, porque ambas teníamos trabajos a los que acudir.
Había vuelto a mi trabajo de mesera en un local muy interesante, donde el tiempo se pasaba volando entre atender a los clientes y las conversaciones. Todos nos conocíamos, éramos parte de esa familia tan particular.
Era lunes y me tocaba cerrar, así que no tenía claro en que momento volvería a casa, llamé a mi compañera para que no me esperara para cenar.
Miré a mí alrededor, quedaban dos personas sumidas en una hipnosis que expresaba nada más que amor. Los observaba, celosa porque envidiaba el pasar horas de esa manera. Fumaba compulsivamente y tomaba toneladas de café, de vez en cuando intentaba comer algo pero el estómago se me cerraba bruscamente.
Agarre mi libreta, que siempre llevaba conmigo y comencé a escribirle una carta.
En el correr de la semana lo convertí en un hábito, en las horas muertas cuando no tenía con quién hablar ni qué hacer. Juntaba al menos 5 cartas para enviárselas, días después recibía su respuesta, cada vez que abría una, me ponía como una niña al desenvolver un regalo de cumpleaños, nerviosa por lo que iba a encontrar pero cuidadosa para no romper nada del interior.
Algunas veces mandaba también una foto, una frase que le gustara, me revelaba un secreto o algún obsequio.
Yo hacía lo mismo, al ir a trabajar si pasaba por una tienda y veía algo que me recordara a él lo compraba al instante, todo valía.
Parecíamos personas de otras épocas, manteniendo una relación epistolar intensiva, sustituimos las llamadas diarias por esta comunicación, ya que teníamos horarios poco compatibles. Dejábamos el placer de escuchar la voz del otro para los fines de semana, tenía suerte de tenerlo aunque fuera de esta extravagante manera.
Avanzábamos paso a paso, rellenando los huecos que dejaba la distancia con flores, metáforas, imágenes y llamadas.
No todos nos comprendían lo nuestro pero no importaba teníamos algo muy especial, insustituible, mágico.
Poco a poco me fue ganando el sueño y caí rendida.
Temprano me levanté, me bañé y preparé el café para empezar el día, mientras fumaba el primer cigarro apareció mi compañera con cara de haber descansado poco, frotándose los ojos y me vio ahí, sentada con la taza entre las manos.
Se sorprendió y pegó un grito como si hubiera visto un fantasma, se me acercó ejecutando preguntas sobre el viaje.
Los ojos se me iluminaron, ella comprendió de quién se trataba y nos enroscamos en una conversación corta pero contundente, porque ambas teníamos trabajos a los que acudir.
Había vuelto a mi trabajo de mesera en un local muy interesante, donde el tiempo se pasaba volando entre atender a los clientes y las conversaciones. Todos nos conocíamos, éramos parte de esa familia tan particular.
Era lunes y me tocaba cerrar, así que no tenía claro en que momento volvería a casa, llamé a mi compañera para que no me esperara para cenar.
Miré a mí alrededor, quedaban dos personas sumidas en una hipnosis que expresaba nada más que amor. Los observaba, celosa porque envidiaba el pasar horas de esa manera. Fumaba compulsivamente y tomaba toneladas de café, de vez en cuando intentaba comer algo pero el estómago se me cerraba bruscamente.
Agarre mi libreta, que siempre llevaba conmigo y comencé a escribirle una carta.
En el correr de la semana lo convertí en un hábito, en las horas muertas cuando no tenía con quién hablar ni qué hacer. Juntaba al menos 5 cartas para enviárselas, días después recibía su respuesta, cada vez que abría una, me ponía como una niña al desenvolver un regalo de cumpleaños, nerviosa por lo que iba a encontrar pero cuidadosa para no romper nada del interior.
Algunas veces mandaba también una foto, una frase que le gustara, me revelaba un secreto o algún obsequio.
Yo hacía lo mismo, al ir a trabajar si pasaba por una tienda y veía algo que me recordara a él lo compraba al instante, todo valía.
Parecíamos personas de otras épocas, manteniendo una relación epistolar intensiva, sustituimos las llamadas diarias por esta comunicación, ya que teníamos horarios poco compatibles. Dejábamos el placer de escuchar la voz del otro para los fines de semana, tenía suerte de tenerlo aunque fuera de esta extravagante manera.
Avanzábamos paso a paso, rellenando los huecos que dejaba la distancia con flores, metáforas, imágenes y llamadas.
No todos nos comprendían lo nuestro pero no importaba teníamos algo muy especial, insustituible, mágico.
Al mes y medio de mi regreso a la capital, la necesidad por el otro se hacía insoportable, juntaba todo el dinero posible para poder viajar y pasar un fin de semana con él.
Cuando volví a casa ese viernes por la noche, sobre las tres y media, asqueada de todo, cansada del trabajo y del calor, abrí la puerta con desgana. Tiré el morral al suelo y al levantar la cabeza encontré lo que más ansiaba.
Él me miraba con su sonrisa perfecta, su mar negro, salté a sus brazos y me respondió rodeándome con sus manos, endulzándome como la primera vez con su lengua.
Mi compañera estaba al final del pasillo con un gesto de complicidad, le devolví una mirada que expresaba mi mayor gratitud y entró en su habitación mientras decía: " los dejo solos par que se amen tranquilos".
Cuando volví a casa ese viernes por la noche, sobre las tres y media, asqueada de todo, cansada del trabajo y del calor, abrí la puerta con desgana. Tiré el morral al suelo y al levantar la cabeza encontré lo que más ansiaba.
Él me miraba con su sonrisa perfecta, su mar negro, salté a sus brazos y me respondió rodeándome con sus manos, endulzándome como la primera vez con su lengua.
Mi compañera estaba al final del pasillo con un gesto de complicidad, le devolví una mirada que expresaba mi mayor gratitud y entró en su habitación mientras decía: " los dejo solos par que se amen tranquilos".
Su visita fue como un viaje al pasado, seguimos como si no nos hubiéramos separado y hubiésemos anclado el tiempo pero a la vez habíamos avanzado mucho.
Queríamos creer que las cosas eran simples y que todo era posible, pero la realidad tiene sus límites, a veces incomprensibles sobre todo para las pasiones y amores, sin importarle a la vida lo mas mínimo que nosotros nos deseáramos, ella continuaba su camino.
Nos atormentaba con su balde de agua fría cada vez que podía, tratábamos de levantarnos empapados de verdad pero cada vez era más difícil, sus látigos nos azotaban con más fuerza, con más ímpetu, con una rabia descomunal.
Agotados se nos acababa el sueño, no teníamos la potencia que imaginábamos y eso nos desmoralizaba. Pensábamos que éramos capaces de afrontar viento y marea, dándonos cuenta nos chocábamos contra un muro que no podíamos derrotar y de igual manera seguíamos intentándolo. Muchos nos tacharon de estúpidos idealistas, de ciegos conversos, de prófugos de realidades aunque sólo éramos una cometa que volaba al ritmo del corazón.
Y qué podía pasar? No sospechábamos que el destino tenía guardado un as en su manga para
abatir incluso a aquellos que no tienen miedo a las consecuencias.
Durante meses nos creímos sabios mortales esquivando los rayos de Zeus, corriendo para
no ser alcanzados por la furia de Poseidón, pero de nada nos valió.
No nos compadeció ni la más triste de las hadas para continuar, era demasiado bello y complicado, sobrepasaba el perímetro de lo permitido, éramos seres de otras épocas
que vivían descompasados en este mundo sublunar, donde el pecado de amarse
es imperdonable y el intentar vivir de la poesía se castiga con la muerte.
La distancia nos pudo, al igual que el verano marchita las rosas, el otoño quema las hojas y el tiempo gana a la vida.
Mirando hacia atrás recuerdo cada uno de los detalles, los olores y las texturas,
fuiste, sos y serás el primer amor de mi vida.
Sé que parece incomprensible que me haya decidido a escribirte después de tantos años,
quiero recordarte lo que una vez tuvimos, para poder compartir todo lo que para mi significó esa parte de mi vida, te invito a aliviar la soledad y a engañar a los dioses que una vez nos separaron.
No pretendo mucho más que aquella vez que tomé el tren para visitarte, ahora con esta pequeña locura busco encontrar la libertad que en un momento gozamos.
Ansío tu respuesta al igual que en los viejos tiempos…
preguntas
Los nombres subrayan
cada paso,
sus gritos ahogados en mentiras,
mentiras envueltas en otras,
verdades a medias.
Los restos de memoria
pujan por rozar el alba,
madre sin voz que
llora con lágrimas secas,
parada en el frío
sostiene los trozos
de su quebrado corazón
en blanco y negro.
Abrazos que no se dieron,
susurros,
caricias olvidadas,
sueños estancados.
Preguntan al vacío
diminutos detalles,
su color favorito,
su canción predilecta,
sus gestos cotidianos.
Y no encuentran respuesta,
están enterrados en alguna
cuneta,
en un campo,
en un lugar abandonado
de su nombre y de sus zapatos.
03
Atada en la cama de nadie
prohibiéndome mi propio perdón
tapeando las salidas de este callejón.
Cabalgo en las horas del olvido,
sucumbiendo a la tétrica autocompasión,
sollozando arrepentimiento,
violando mi corazón.
Llora Montevideo a mi lado,
alto y claro se escuchan
sus gritos
que golpean contra mi ventana.
Las sombrías palabras del pasado
te persiguen,
te acechan,
te tumban para no dejarte avanzar,
son parte de vos.
No escapes, no podes,
son parte de vos.
atormenta
Me atormenta
la pérdida de sueño
que provoca
el escuchar
tu sonrisa congelada
por el olvido
que lleva el paso del tiempo.
La agonía
se ata a mi boca,
se escurre por mi cuello
y entra en mi pecho.
Y te veo en el sillón
pidiéndole cuentas al reloj.
Y te veo en un rincón
hablándole al reloj,
pidiéndole clemencia
por tu error.
Sucumbo a la tristeza
que me espera detrás de la puerta,
me enmudece,
me atraviesa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)













