Reconozco que tu carta revivió muchas, incluso demasiadas historias, horas, noches, poesías, abrazos, encuentros y sentimientos.
Siempre he pensado mucho en vos, en aquellos meses, en ese amor demencial, en la lucha por mantenernos unidos a pesar del tiempo, la distancia, la cultura, todo y todos.
Busqué durante años una persona que curara esta herida que no ha parado de sangrar, que ocupara el vacío de mi cama, y de mi alma. Pero nadie lo consiguió, a pesar de ser hermosas personas, y de que todas se te parecían, ninguna te igualó.
Intenté y por momentos me di permiso para crearme excusas para escribirte, llamarte o ir a verte, un día casi conseguí justificarme un viaje a la capital, y encontrarte, y mirarte aunque solo fuera de lejos. Pero supuse que te habría llevado el viento a otros mundos, para encontrarte con otros vos, y con distintos otros, para crear nuevos ustedes.
Me daba pánico ya no conocerte, haber perdido toda la magia, haberme convertido en alguien tan distinto que ya no tuviéramos nada mas en común que el pasado, o que al contrario, siguiera exactamente igual sin haber evolucionado lo más mínimo.
Sentía una presión casi tan insoportable como la de no tenerte, solo de pensar que rompería con el retrato inusualmente perfecto de nuestro pasado para crear una nueva imagen del presente que tirara por los suelos nuestros recuerdos. Estúpido de mi, igual o más cobarde que antes, aunque eso ya lo sabés, nunca tuve valor para salir y enfrentarme a mis temores, a mis necesidades, a mis inquietudes. Solo viví la valentía cuando vos estuviste a mi lado, tu capacidad de lanzarte al vacío, de prepararte para lo peor esperando lo mejor, me motivaba, me daba el empujón que requería, me inspiraba para ser mejor, para parecerme a vos, para vivir.
Y ahora llega tu carta, después de tanto tiempo, y me siento fracasado, debí irme con vos en aquel tren, cabalgar juntos a lo inesperado, navegar unidos a un nuevo puerto, cruzar mares, montañas, océanos, miseria y derroche. Pero de que sirve ahora entrar en la espiral depresiva del “debí o si hubiera”, nada arreglaría el pasado, no recrearía la historia.
Ahora me encuentro zambullido en millones de ideas que se machacan unas a otras para ser las primeras en salir de mi boca, caen casi arrojadas desde un precipicio.
Escondo mi mirada en el café, como si allí encontrara una respuesta fácil y simple, aunque sólo veo reflejada tu persona, me acuerdo de lo "adicta" que eras a este manjar, y como conseguiste que me apasionara tanto como a vos.
No la encuentro, no puedo hallar esa salida sin complicaciones.
Tardo horas y horas en escribirte tan sólo unas palabras, miro la hoja que está vacía y me imagino todas las cosas que no dije en su momento, todo lo que venía guardando desde que te fuiste, y desde que apareciste en mi vida, pero queriendo expresar todo no digo nada.
Tiemblo, transpiro, aparecen nuevos y viejos tics, me descubro rascándome la barba
como lo hacías vos bajo aquel árbol donde dormíamos la siesta.
Sé que te bombardeo con pequeños y grandes recuerdos, son los mismos con los que llené muchos de los instantes en los que me sentí luna menguante esperando el amanecer.
No puedo explicar todo, preferiría que nos viéramos o que al menos mantuviéramos un poco más esta relación epistolar que un día dejamos que se apagara a nuestra vera.
Ato los retazos vividos como guirnaldas, y allí encuentro de los mejores momentos, calientes, tibios, milagrosamente fríos, todos decorados por tu presencia.
Debo parecer un obsesivo, pero qué puedo decir, dejarte ir fue uno de los tantos errores que no voy a perdonarme jamás.

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