Viví durante mucho tiempo sumergido en ese limbo emocional, donde nada te amarga ni te alegra, apenas podía esculpir, ni siquiera podía pintar. Todos los colores se me hicieron
hirientes, malditos, formados por esa aura inmaculada que no transmite nada destacable.
No podía pintar, ya no se sentaba en mi cama la mirada de esa diosa encarnada, no encontraba razones por las que crear, no sabía qué crear, todo era igual y a la vez me parecía sólo un pobre heredero de un trozo de tierra que un día fue un gran imperio.
Yo me percibía así, arañado por la vida, como si me hubieran amputado las manos, la sonrisa.
Con el correr de los meses fui evolucionando, conseguía dormir algunas horas seguidas,
salir a dar paseos por la playa, aunque siempre eran nocturnos y duraban hasta el alba.
Una mañana desperté y tomé el pincel, no sabía que iba a hacer, sólo me dejaba llevar, aparecían imágenes que me encandilaban, risas y sonrisas, abrazos eternos, miradas furtivas, navegantes, charcos de miles de kilómetros, ojos melancólicos, manos entrelazadas, árboles, dioses que separaban, poesías que unían y muros que no caían.
A partir de ese instante volví a recobrar algo de lo que llegó a ser mi vida, instalé alguna que otra peregrina en mi lecho, aunque me negaba a implicarme, no podía quererlas,
era demasiado para mí, un paso que no me atrevía a dar. Con mas de una me reproché el no poder amarlas, pero ellas no tenían la culpa de que no las quisiera, era yo, otra vez había quedado inválido mi tonto corazón.
Leo y releo tu carta, una vez más consigue emocionarme, empapás mi cuerpo con tus palabras, y mis ojos lloran por tus letras, mi ropa llena de pintura, mis manos agrietadas por la arcilla, secas y maltratas por el mármol, la lija, el cincel, la sostienen con la mayor delicadeza capaz en una estructura ruda y huraña.
Eras mi cometa, el elemento que me unía con el cielo, ligera, libre, que transportaba por un hilo millones de sonidos, eras quien sabía poner las exactas palabras a mis pinturas, quien expresaba con total sinceridad lo más temible del alma. No te intimidaba ser directa, herir si con eso cambiabas algo, si llegabas a otra persona, aquellos que te amaron y te aman lo comprenden, e incluso aquellos que te odian también, esa es la razón de su rencor, conocer tu don y tu valor.
Que triste suena todo cuando se pronuncia en voz alta, decir que así me mantuve ya no sé ni cuanto tiempo, no, mentira, se exactamente que cantidad de meses, días y noches, horas, minutos e incluso segundos estuve ausente en mi propio cuerpo. Me da vergüenza decirlo, sí, sobre todo decírtelo.
Con todo esto no pretendo tantear tu piedad, ni llamar a la puerta de tu empatía para que llores ni recorrer los recovecos de mi autocompasión. Vomito todos mis dolores, mis fantasmas sobre este papel para quedar en paz conmigo mismo, para explicarte cuanto significaste para mí, contestar con la verdad a lo que una vez sucedió, cerrar con llave esa época y crear una nueva.

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