Todavía me acuerdo como nos conocimos, hace ya un tiempito atrás. En un verano que estaba sujeto aun a la niñez y enlazándose de a poco a la adultez, con la libertad servida en bandeja de plata sentí repentinas ganas de hacer caso a mis instintos, de no ser tan racional e impulsarme a nuevas experiencias.
Así que sin pensármelo mucho, había agarrado el macuto, puesto lo justo y necesario para ir a conocerlo. Con poco dinero en el bolsillo, euforia cabalgando por mis venas, el estómago volcado tomé el primer tren que partía a mi destino.
Primero me sentía rara, no me reconocía en la ventanilla de aquel carruaje que corría casi a la misma velocidad que mis pensamientos, me reí, me sentía una extraña viendo a una muchacha de pocos años que se había levantado con ganas de enfrentarse al mundo y vivir sin tantas responsabilidades que a su edad no le correspondían. Me sentía feliz, aterrada, entusiasmada y por momentos un poco loca, pero me gustaba esa sensación.
El nerviosismo por encontrarlo a veces me paralizaba y a veces me hacía moverme como si millones de hormigas recorrieran mi cuerpo.
Al bajarme, lo vi, ahí sentado después de estar al menos una hora esperándome, aunque sabía que mi tren llegaría con retraso, intentaba juntar todo lo más rápido posible para poder correr y tocarlo, sentir que todo aquello no era un sueño, pero la cola se hacía infinita, desde donde me encontraba lo miraba como se levanta y agachaba, fumaba, se estrujaba las manos, y me rebuscaba con esos ojos negros. Cuando me halló, su expresión tensa se transformó en una sonrisa al principio tímida que fue creciendo como el sol en la aurora. Quería volar hasta él, pero mis pies se volvían torpes, la gente se cruzaba sin fijarse demasiado a quien atropellaba por el camino, y la alegría iba saliendo por mis poros de una forma que nunca había conocido.
Nos miramos, y entonces comprendí por qué había hecho ese trecho que hasta ese momento parecía eterno.
Fuimos a su casa que a pesar de ser enorme me parecía muy acogedora, se respiraba allí el aire tranquilizador lleno de buenos presagios. Lo primero que hicimos fue bajar al sótano y me mostró sus obras, que se apilaban en un rincón como libros en una estantería desordenada pero daba la sensación de que cada uno estaba en el lugar apropiado cumpliendo su función.
Nos sentamos en el suelo mirándonos fijamente, intentando excavar en los ojos del otro para descubrir sus pensamientos y comenzamos una charla que no tenía fin, que nos arrastraba por todas las habitaciones de su hogar hasta llegar al jardín, donde ambos nos echamos al pasto. Teníamos a las estrellas y a la luna, que de pronto se transformaron en testigos mudos de nuestro primer roce, endulzando el uno al otro con su lengua.
Sin darnos cuenta, estábamos tan cómodos con la compañía del otro que parecía que nos conocíamos de siempre, actuábamos sin querer queriendo como una pareja que hace años convive junta.
Sentí que las horas eran minutos, quería grabarlos en mi mente para no olvidarlos nunca.
Cerraba los ojos y respiraba profundo, tomaba el olor en mis pulmones, lo contenía todo el tiempo que podía e intentaba memorizarlo, guardarlo en una cajita junto con sus abrazos y palabras, para poder volver allí cuando quisiera.
Debajo del sauce llorón, comencé a escribir tratando de materializar esos sentimientos nuevos, de transcribir sus ojos, su boca y su sabor tan peculiar. Las palabras fluían como un río en su juventud, que no se detenía con ningún obstáculo. Por momentos pensaba que si en ese mismo instante moría, no importaría porque sería de una forma dulce y perfecta plagada de recuerdos casi irreales.
Así que sin pensármelo mucho, había agarrado el macuto, puesto lo justo y necesario para ir a conocerlo. Con poco dinero en el bolsillo, euforia cabalgando por mis venas, el estómago volcado tomé el primer tren que partía a mi destino.
Primero me sentía rara, no me reconocía en la ventanilla de aquel carruaje que corría casi a la misma velocidad que mis pensamientos, me reí, me sentía una extraña viendo a una muchacha de pocos años que se había levantado con ganas de enfrentarse al mundo y vivir sin tantas responsabilidades que a su edad no le correspondían. Me sentía feliz, aterrada, entusiasmada y por momentos un poco loca, pero me gustaba esa sensación.
El nerviosismo por encontrarlo a veces me paralizaba y a veces me hacía moverme como si millones de hormigas recorrieran mi cuerpo.
Al bajarme, lo vi, ahí sentado después de estar al menos una hora esperándome, aunque sabía que mi tren llegaría con retraso, intentaba juntar todo lo más rápido posible para poder correr y tocarlo, sentir que todo aquello no era un sueño, pero la cola se hacía infinita, desde donde me encontraba lo miraba como se levanta y agachaba, fumaba, se estrujaba las manos, y me rebuscaba con esos ojos negros. Cuando me halló, su expresión tensa se transformó en una sonrisa al principio tímida que fue creciendo como el sol en la aurora. Quería volar hasta él, pero mis pies se volvían torpes, la gente se cruzaba sin fijarse demasiado a quien atropellaba por el camino, y la alegría iba saliendo por mis poros de una forma que nunca había conocido.
Nos miramos, y entonces comprendí por qué había hecho ese trecho que hasta ese momento parecía eterno.
Fuimos a su casa que a pesar de ser enorme me parecía muy acogedora, se respiraba allí el aire tranquilizador lleno de buenos presagios. Lo primero que hicimos fue bajar al sótano y me mostró sus obras, que se apilaban en un rincón como libros en una estantería desordenada pero daba la sensación de que cada uno estaba en el lugar apropiado cumpliendo su función.
Nos sentamos en el suelo mirándonos fijamente, intentando excavar en los ojos del otro para descubrir sus pensamientos y comenzamos una charla que no tenía fin, que nos arrastraba por todas las habitaciones de su hogar hasta llegar al jardín, donde ambos nos echamos al pasto. Teníamos a las estrellas y a la luna, que de pronto se transformaron en testigos mudos de nuestro primer roce, endulzando el uno al otro con su lengua.
Sin darnos cuenta, estábamos tan cómodos con la compañía del otro que parecía que nos conocíamos de siempre, actuábamos sin querer queriendo como una pareja que hace años convive junta.
Sentí que las horas eran minutos, quería grabarlos en mi mente para no olvidarlos nunca.
Cerraba los ojos y respiraba profundo, tomaba el olor en mis pulmones, lo contenía todo el tiempo que podía e intentaba memorizarlo, guardarlo en una cajita junto con sus abrazos y palabras, para poder volver allí cuando quisiera.
Debajo del sauce llorón, comencé a escribir tratando de materializar esos sentimientos nuevos, de transcribir sus ojos, su boca y su sabor tan peculiar. Las palabras fluían como un río en su juventud, que no se detenía con ningún obstáculo. Por momentos pensaba que si en ese mismo instante moría, no importaría porque sería de una forma dulce y perfecta plagada de recuerdos casi irreales.
Habíamos creado una rutina algo extraña pero que se acomodaba a nuestras necesidades, con tiempo para todo y para nada, porque los días siempre se nos quedaban chicos. Por la noche y madrugada hablábamos, nos contábamos secretos nunca revelados, fantasías, sueños, metas y pasado. Luego aprovechábamos la brisa y la sombra de alguno de los árboles para dormir un rato, él aprovechaba esos instantes para grabarlos en la retina y crear algo.
Paseábamos por la playa, leíamos y buscábamos la felicidad en las cosas simples e inesperadas.
Paseábamos por la playa, leíamos y buscábamos la felicidad en las cosas simples e inesperadas.
Nos atormentaba el correr de la semana y el final del viaje siempre terminaba por aplazarse un poco más.
Pretendíamos que aquello fuera eterno, aunque los dos comprendíamos que no sería así, pero no queríamos pensarlo, nos habíamos convertido en plenos hedonistas y todo nos sumergía en un placer descontrolado al que no teníamos intención de poner freno, al menos por el momento...
Pretendíamos que aquello fuera eterno, aunque los dos comprendíamos que no sería así, pero no queríamos pensarlo, nos habíamos convertido en plenos hedonistas y todo nos sumergía en un placer descontrolado al que no teníamos intención de poner freno, al menos por el momento...
En una de las tardes en las que dormíamos bajo aquél árbol, me desperté bruscamente, agitada, aterrorizada, pensaba que esos primeros días que pasé junto a él había sido simplemente un alucinación, enseguida sin esperármelo sentí su mano que empezaba a recorrerme la espalda hasta llegar a mi nuca, entrar en mi pelo, pasar por el cuello y acariciarme la cara. Entendí que fue sólo una pesadilla, él estaba leyendo un libro exageradamente enorme que no podía ni mantener en alto con sus dos manos durante más de 5 minutos, con una sonrisa que reflejaba tantas cosas, cosas que no hubiera imaginado nunca que podría experimentar ni siquiera en mis mejores sueños.
Las horas avanzaban aunque peleábamos con uñas y dientes para que no sucediera, pero el tiempo es maldito y seguía su curso. El tic tac era una especie de tormenta que se nos venía cada vez mas encima, intentábamos evitar pensar en eso y disfrutar, aunque siempre perdíamos algún minuto en afligirnos.
Aprendíamos de todo sobre el otro, desde las cosas más simples y sencillas hasta respuestas peculiares a preguntas hipotéticas y poco probables.
Mi vida se había convertido en una curva praxiteliana y él en mi apoyo imprescindible para mantenerme en pie y expandirme por el espacio.
En un momento me pare a pensar en cómo había pasado todo esto y cuánto estaba marcando en mi esta experiencia que surgió de una locura de niña cansada de serlo, que salió un día de su casa buscando liberarse y se había atado a unos sentimientos a los que nunca se había enfrentado.
Llegaba la hora del adiós, la realidad se había transformado de dulce e irresistible en cruel y dolorosa, intentábamos ocultarlo todo por dentro, mostrar una sonrisa para confortar al otro, pero ninguno de los dos nos lo creíamos...
Esto no terminaba ni con un fin hermoso de cuentos de hadas pero tampoco se iba a convertir en una tragedia de Shakespeare, porque no era el final de esta historia, sólo de una fase, todo lo mejor siempre está por llegar me y le repetía sin parar.
Las horas avanzaban aunque peleábamos con uñas y dientes para que no sucediera, pero el tiempo es maldito y seguía su curso. El tic tac era una especie de tormenta que se nos venía cada vez mas encima, intentábamos evitar pensar en eso y disfrutar, aunque siempre perdíamos algún minuto en afligirnos.
Aprendíamos de todo sobre el otro, desde las cosas más simples y sencillas hasta respuestas peculiares a preguntas hipotéticas y poco probables.
Mi vida se había convertido en una curva praxiteliana y él en mi apoyo imprescindible para mantenerme en pie y expandirme por el espacio.
En un momento me pare a pensar en cómo había pasado todo esto y cuánto estaba marcando en mi esta experiencia que surgió de una locura de niña cansada de serlo, que salió un día de su casa buscando liberarse y se había atado a unos sentimientos a los que nunca se había enfrentado.
Llegaba la hora del adiós, la realidad se había transformado de dulce e irresistible en cruel y dolorosa, intentábamos ocultarlo todo por dentro, mostrar una sonrisa para confortar al otro, pero ninguno de los dos nos lo creíamos...
Esto no terminaba ni con un fin hermoso de cuentos de hadas pero tampoco se iba a convertir en una tragedia de Shakespeare, porque no era el final de esta historia, sólo de una fase, todo lo mejor siempre está por llegar me y le repetía sin parar.
Al llegar a casa después de unas semanas inolvidables, me sentí llena de contradicciones, por un lado había vuelto a mí ese vacío que ya conocía desde hacía mucho tiempo. La primera vez que apareció fue hace varios años atrás cuando deje mi vida al otro lado del océano y al pisar el aeropuerto me habían tatuado en el alma inmigrante y apátrida, el vacío se mantuvo en mí durante más de un año.
Volvió cuando mis padres dejaron el país y yo el nido, pero fue más bien un sentir puntual que pronto se marchó.
En ese momento era diferente, sabía que era él, pero no me sentía angustiada como en muchas otras situaciones sino que era una mezcla de tristeza esperanzadora, de felicidad marchita, de tormenta después de estaciones soleadas.
Volvió cuando mis padres dejaron el país y yo el nido, pero fue más bien un sentir puntual que pronto se marchó.
En ese momento era diferente, sabía que era él, pero no me sentía angustiada como en muchas otras situaciones sino que era una mezcla de tristeza esperanzadora, de felicidad marchita, de tormenta después de estaciones soleadas.
Me miré al espejo, ya no veía a una niña, se reflejaba una adulta, que tenía que hacer frente a sus fracasos, a sus amores y desamores, a sus triunfos y derrotas. Ya no estaba bajo el ala materna, desde que tomé la decisión de mudarme con una amiga para comenzar con Mi vida.
Saqué todo del macuto, observé esa casa que siempre me pareció acogedora, tierna y ahora la sentía fría, me faltaba él, aunque entendía que no era ni la casa, ni la ciudad, ni objetos, era yo, me faltaba mi apoyo en esta curva praxiteliana.
Colocando las cosas de nuevo en su sitio, sentí su olor estaba impregnado en todas mis cosas, en mi cuerpo, en mi, olor a tardes de charlas, a escritura, a anécdotas, a siestas bajo el árbol, a paseos por la playa, a sus manos y a su lengua. No supe muy bien como reaccionar, de a poco se me fue dibujando una sonrisa, los ojos vidriosos, aguanté y seguí con mis quehaceres.
Mi compañera estaba trabajando y hasta tarde no llegaría, yo no estaba dispuesta a caer en el abismo de la angustia y el llanto desamparado. Decidí concentrarme en otras cosas, y si era posible que no me hicieran pensar demasiado en nada, porque todos los caminos me llevaban a Roma y en esos momentos él era Roma.
Las horas se hicieron eternas, el reloj me asechaba su sonido se incrustaba en mis sienes, así que junté el morral y fui a ver a mi hermana que vivía a en el otro extremo de la ciudad.
Tomé el metro para llegar lo antes posible y estar con mis sobrinos, pero encontraba recuerdos en todos lados, veía su cara en cualquier hombre y sabía que ninguno de ellos era él, porque nadie se le podría parecer.
El color de una camiseta, una posición, todo era excusa para traerlo de nuevo a mi mente, salí disparada de aquel lugar que empezaba ahogarme.
Los 45º de la calle me dispersaron un poco...
Saqué todo del macuto, observé esa casa que siempre me pareció acogedora, tierna y ahora la sentía fría, me faltaba él, aunque entendía que no era ni la casa, ni la ciudad, ni objetos, era yo, me faltaba mi apoyo en esta curva praxiteliana.
Colocando las cosas de nuevo en su sitio, sentí su olor estaba impregnado en todas mis cosas, en mi cuerpo, en mi, olor a tardes de charlas, a escritura, a anécdotas, a siestas bajo el árbol, a paseos por la playa, a sus manos y a su lengua. No supe muy bien como reaccionar, de a poco se me fue dibujando una sonrisa, los ojos vidriosos, aguanté y seguí con mis quehaceres.
Mi compañera estaba trabajando y hasta tarde no llegaría, yo no estaba dispuesta a caer en el abismo de la angustia y el llanto desamparado. Decidí concentrarme en otras cosas, y si era posible que no me hicieran pensar demasiado en nada, porque todos los caminos me llevaban a Roma y en esos momentos él era Roma.
Las horas se hicieron eternas, el reloj me asechaba su sonido se incrustaba en mis sienes, así que junté el morral y fui a ver a mi hermana que vivía a en el otro extremo de la ciudad.
Tomé el metro para llegar lo antes posible y estar con mis sobrinos, pero encontraba recuerdos en todos lados, veía su cara en cualquier hombre y sabía que ninguno de ellos era él, porque nadie se le podría parecer.
El color de una camiseta, una posición, todo era excusa para traerlo de nuevo a mi mente, salí disparada de aquel lugar que empezaba ahogarme.
Los 45º de la calle me dispersaron un poco...
Cuando creía que me había sacado de la cabeza todo esto, escuché el móvil sonando con toda su fuerza, en la pantalla aparecía su foto. Era él, que quería saber como había pasado el viaje, cómo estaba.
Al principio quería decir tantas cosas que la boca no iba al mismo ritmo que mis pensamientos y por primera vez un hombre me hacía tartamudear.
Luego sin pensar demasiado vomitaba las palabras con relativa coherencia, con una normalidad que me asombraba y me ponía nerviosa. Él reía, con esa carcajada tan peculiar, tan linda y tan grave, tan él. Caminaba sin darme cuenta ni por donde iba, pero llegué a casa de mi hermana y abrí con mis llaves.
Vi a mi cuñado que con cara de extrañado que preguntaba qué me pasaba, por qué tenía esa cara de felicidad, nunca me vio con unos ojos tan brillantes hasta aquel momento.
Acto seguido me puse colorada, él lo había oído y yo lo sabía. Sentía su sonrisa pícara incluso sin verlo ni emitir sonido alguno, debía estar bajo el árbol, sobre la manta, pasando entre sus dedos el viento, se tocaba intercalando la franja del ombligo y la perilla.
Mis sobrinos corrieron a saludarme, todo se volvió un alboroto que no podía controlar así que pactamos una hora para comunicarnos, nos despedimos con un te quiero al unísono y espontáneo.
La cara de embobada se me notaba a la legua, todos a mi alrededor preguntaban dónde había estado y con quién, también que persona era aquella que me llamaba y conseguía ponerme de esa manera.
Estaba aturdida, no sabía cómo empezar, respondía con monosílabos o frases cortas, siempre me había costado expresarme en temas amorosos, ellos lo entendían.
Conseguí vencer las horas en compañía de mi familia, tomé el primer bus que pasaba y me dejaba lo más cercano a casa posible, se me tiraba encima el momento esperado para hablar con él y creía que no llegaba.
Corriendo como pocas veces lo había hecho, llegue al portal, abrí bruscamente el portón, que casi rompo entre tanto histeriquismo, y subí lo mas rápido que pude las escaleras hasta el segundo piso. Las estúpidas trancas del apartamento generaban que empeorase la situación, podía escuchar el sonido del teléfono y la ausencia de quien lo contestara. Chocándome contra todo atendí, pero no era él, era una inoportuna vendedora que tenía intención de engatusarme con algo bastante inútil y poco necesario para mi vida, además de ocupar la línea, la cual requería con urgencia.
Camuflando mi enojo, traté de ser lo mas cortés posible y terminar con la llamada para hablar con él, pero la señorita era incapaz de entender un no por respuesta, así que dejé mi educación a un lado y corté sin mas preámbulos.
Al instante sonó, era él reconocía su número y nos embarcamos en una charla de varias horas hasta que decidimos irnos a la cama a pesar de querer seguir hablando, ya que ambos teníamos al día siguiente que trabajar y una vida que afrontar, al margen de esas significativas semanas.
Me tiré en la cama vencida por el cansancio, pero mis ojos estaban como platos pensando en qué iba a hacer con todas estas experiencias, con mis sentimientos. Me metí bajo el edredón y sentí que la cama era demasiado grande, notaba el vacío de su cuerpo, me había acostumbrado a notarlo ahí, a que su brazo rodeara mi cuerpo, su respiración en la nuca, su calor que hacía que durmiéramos desnudos para contrarrestar la brisa nocturna.
Poco a poco me fue ganando el sueño y caí rendida.
Temprano me levanté, me bañé y preparé el café para empezar el día, mientras fumaba el primer cigarro apareció mi compañera con cara de haber descansado poco, frotándose los ojos y me vio ahí, sentada con la taza entre las manos.
Se sorprendió y pegó un grito como si hubiera visto un fantasma, se me acercó ejecutando preguntas sobre el viaje.
Los ojos se me iluminaron, ella comprendió de quién se trataba y nos enroscamos en una conversación corta pero contundente, porque ambas teníamos trabajos a los que acudir.
Había vuelto a mi trabajo de mesera en un local muy interesante, donde el tiempo se pasaba volando entre atender a los clientes y las conversaciones. Todos nos conocíamos, éramos parte de esa familia tan particular.
Era lunes y me tocaba cerrar, así que no tenía claro en que momento volvería a casa, llamé a mi compañera para que no me esperara para cenar.
Miré a mí alrededor, quedaban dos personas sumidas en una hipnosis que expresaba nada más que amor. Los observaba, celosa porque envidiaba el pasar horas de esa manera. Fumaba compulsivamente y tomaba toneladas de café, de vez en cuando intentaba comer algo pero el estómago se me cerraba bruscamente.
Agarre mi libreta, que siempre llevaba conmigo y comencé a escribirle una carta.
En el correr de la semana lo convertí en un hábito, en las horas muertas cuando no tenía con quién hablar ni qué hacer. Juntaba al menos 5 cartas para enviárselas, días después recibía su respuesta, cada vez que abría una, me ponía como una niña al desenvolver un regalo de cumpleaños, nerviosa por lo que iba a encontrar pero cuidadosa para no romper nada del interior.
Algunas veces mandaba también una foto, una frase que le gustara, me revelaba un secreto o algún obsequio.
Yo hacía lo mismo, al ir a trabajar si pasaba por una tienda y veía algo que me recordara a él lo compraba al instante, todo valía.
Parecíamos personas de otras épocas, manteniendo una relación epistolar intensiva, sustituimos las llamadas diarias por esta comunicación, ya que teníamos horarios poco compatibles. Dejábamos el placer de escuchar la voz del otro para los fines de semana, tenía suerte de tenerlo aunque fuera de esta extravagante manera.
Avanzábamos paso a paso, rellenando los huecos que dejaba la distancia con flores, metáforas, imágenes y llamadas.
No todos nos comprendían lo nuestro pero no importaba teníamos algo muy especial, insustituible, mágico.
Poco a poco me fue ganando el sueño y caí rendida.
Temprano me levanté, me bañé y preparé el café para empezar el día, mientras fumaba el primer cigarro apareció mi compañera con cara de haber descansado poco, frotándose los ojos y me vio ahí, sentada con la taza entre las manos.
Se sorprendió y pegó un grito como si hubiera visto un fantasma, se me acercó ejecutando preguntas sobre el viaje.
Los ojos se me iluminaron, ella comprendió de quién se trataba y nos enroscamos en una conversación corta pero contundente, porque ambas teníamos trabajos a los que acudir.
Había vuelto a mi trabajo de mesera en un local muy interesante, donde el tiempo se pasaba volando entre atender a los clientes y las conversaciones. Todos nos conocíamos, éramos parte de esa familia tan particular.
Era lunes y me tocaba cerrar, así que no tenía claro en que momento volvería a casa, llamé a mi compañera para que no me esperara para cenar.
Miré a mí alrededor, quedaban dos personas sumidas en una hipnosis que expresaba nada más que amor. Los observaba, celosa porque envidiaba el pasar horas de esa manera. Fumaba compulsivamente y tomaba toneladas de café, de vez en cuando intentaba comer algo pero el estómago se me cerraba bruscamente.
Agarre mi libreta, que siempre llevaba conmigo y comencé a escribirle una carta.
En el correr de la semana lo convertí en un hábito, en las horas muertas cuando no tenía con quién hablar ni qué hacer. Juntaba al menos 5 cartas para enviárselas, días después recibía su respuesta, cada vez que abría una, me ponía como una niña al desenvolver un regalo de cumpleaños, nerviosa por lo que iba a encontrar pero cuidadosa para no romper nada del interior.
Algunas veces mandaba también una foto, una frase que le gustara, me revelaba un secreto o algún obsequio.
Yo hacía lo mismo, al ir a trabajar si pasaba por una tienda y veía algo que me recordara a él lo compraba al instante, todo valía.
Parecíamos personas de otras épocas, manteniendo una relación epistolar intensiva, sustituimos las llamadas diarias por esta comunicación, ya que teníamos horarios poco compatibles. Dejábamos el placer de escuchar la voz del otro para los fines de semana, tenía suerte de tenerlo aunque fuera de esta extravagante manera.
Avanzábamos paso a paso, rellenando los huecos que dejaba la distancia con flores, metáforas, imágenes y llamadas.
No todos nos comprendían lo nuestro pero no importaba teníamos algo muy especial, insustituible, mágico.
Al mes y medio de mi regreso a la capital, la necesidad por el otro se hacía insoportable, juntaba todo el dinero posible para poder viajar y pasar un fin de semana con él.
Cuando volví a casa ese viernes por la noche, sobre las tres y media, asqueada de todo, cansada del trabajo y del calor, abrí la puerta con desgana. Tiré el morral al suelo y al levantar la cabeza encontré lo que más ansiaba.
Él me miraba con su sonrisa perfecta, su mar negro, salté a sus brazos y me respondió rodeándome con sus manos, endulzándome como la primera vez con su lengua.
Mi compañera estaba al final del pasillo con un gesto de complicidad, le devolví una mirada que expresaba mi mayor gratitud y entró en su habitación mientras decía: " los dejo solos par que se amen tranquilos".
Cuando volví a casa ese viernes por la noche, sobre las tres y media, asqueada de todo, cansada del trabajo y del calor, abrí la puerta con desgana. Tiré el morral al suelo y al levantar la cabeza encontré lo que más ansiaba.
Él me miraba con su sonrisa perfecta, su mar negro, salté a sus brazos y me respondió rodeándome con sus manos, endulzándome como la primera vez con su lengua.
Mi compañera estaba al final del pasillo con un gesto de complicidad, le devolví una mirada que expresaba mi mayor gratitud y entró en su habitación mientras decía: " los dejo solos par que se amen tranquilos".
Su visita fue como un viaje al pasado, seguimos como si no nos hubiéramos separado y hubiésemos anclado el tiempo pero a la vez habíamos avanzado mucho.
Queríamos creer que las cosas eran simples y que todo era posible, pero la realidad tiene sus límites, a veces incomprensibles sobre todo para las pasiones y amores, sin importarle a la vida lo mas mínimo que nosotros nos deseáramos, ella continuaba su camino.
Nos atormentaba con su balde de agua fría cada vez que podía, tratábamos de levantarnos empapados de verdad pero cada vez era más difícil, sus látigos nos azotaban con más fuerza, con más ímpetu, con una rabia descomunal.
Agotados se nos acababa el sueño, no teníamos la potencia que imaginábamos y eso nos desmoralizaba. Pensábamos que éramos capaces de afrontar viento y marea, dándonos cuenta nos chocábamos contra un muro que no podíamos derrotar y de igual manera seguíamos intentándolo. Muchos nos tacharon de estúpidos idealistas, de ciegos conversos, de prófugos de realidades aunque sólo éramos una cometa que volaba al ritmo del corazón.
Y qué podía pasar? No sospechábamos que el destino tenía guardado un as en su manga para
abatir incluso a aquellos que no tienen miedo a las consecuencias.
Durante meses nos creímos sabios mortales esquivando los rayos de Zeus, corriendo para
no ser alcanzados por la furia de Poseidón, pero de nada nos valió.
No nos compadeció ni la más triste de las hadas para continuar, era demasiado bello y complicado, sobrepasaba el perímetro de lo permitido, éramos seres de otras épocas
que vivían descompasados en este mundo sublunar, donde el pecado de amarse
es imperdonable y el intentar vivir de la poesía se castiga con la muerte.
La distancia nos pudo, al igual que el verano marchita las rosas, el otoño quema las hojas y el tiempo gana a la vida.
Mirando hacia atrás recuerdo cada uno de los detalles, los olores y las texturas,
fuiste, sos y serás el primer amor de mi vida.
Sé que parece incomprensible que me haya decidido a escribirte después de tantos años,
quiero recordarte lo que una vez tuvimos, para poder compartir todo lo que para mi significó esa parte de mi vida, te invito a aliviar la soledad y a engañar a los dioses que una vez nos separaron.
No pretendo mucho más que aquella vez que tomé el tren para visitarte, ahora con esta pequeña locura busco encontrar la libertad que en un momento gozamos.
Ansío tu respuesta al igual que en los viejos tiempos…

No hay comentarios:
Publicar un comentario