lunes, 14 de marzo de 2011

Nacha inventa vidas...


Nacha vive acá y allá, se identifica mucho con las aves, con los pájaros que abren en canal el cielo austral, pero también ella es un bicho de ciudad, lo sabe, lo admite, goza de esas escapadas a tierras lejanas, a lugares gélidos o extremadamente calurosos, no se queja, disfruta pero no es su vida. Le encanta imaginarse viviendo en un pueblo de una costa perdida, con su familia, sus cosas, sus ritos y cotidianeidades,  pero sabe que no podría. Le angustia de una forma impensable el sentirse aislada, aunque muchas veces juguetea con esa fotografía.
Tiene épocas en las que disfruta muchísimo caminar por la ciudad, recorrerla, descubrirla, cruzar los médanos de gente, observarlos, sospechar qué clase de vida tienen, a donde van, de donde  vienen, qué quieren de esta vida. Hoy estaba en esa racha, recorrió la calle principal ligera y tranquila, sin dejarse apabullar por los incontables anuncios y bombardeos de información, la envolvía una burbuja de perspectiva, de “objetividad”. Allí en un escalón encontró comodidad, se armó su tabaco y miró, miró a las gentes corriendo, a otros sonriendo solitarios, a charlas complejas y superfluas, mamó todo ese exterior abrumador e intenso.
Poco tiempo llevaba ella ahí cuando una chica se sentó a su lado, la vio atravesar la calle con su vestido veraniego, curvilínea, luminosa. Tenía un aire extranjero, nórdico, que entonaba a la perfección con todo lo que rozaba su sombra.  Nacha la miraba de reojo, disimulando, sin querer cohibirla ni intimidarla, se centraba en sus dedos largos y espectaculares que con cierta docilidad armaban tabaco, su boca plana y diminuta que pitaba sin cesar, consumiéndolo con una rapidez que contrastaba con la liviandad que transpiraba esa muchacha.
Nacha tiene una cámara en la cabeza, todo se convierte para ella en un interruptor que abre la puerta de la imaginación y ahí desencadena una película de su vida, ella había sido el botón que estrenaba el nuevo “film”. En pocos segundos soñó con que esa tipa le pediría fuego, entablarían una conversación en un principio banal y superficial con la que supuestamente se genera un ambiente distendido y de fingida comodidad, posteriormente fluirían temas en común, ideas, conceptos, comenzarían a conocerse. Tal vez, luego de unas horas de charla en la calle, ella la invitaría a tomar un café a algún bar, se sentirían en confianza para contarse secretos, misterios, intimidades de las que uno no suele hablar. Reiría, se sonrojaría, estaría contenta de haberla encontrado, en algún segundo se establecería una conexión especial entre ellas, las miradas entablarían una conversación paraverbal. Y así, sin darse cuenta siquiera estarían introduciéndose una en la otra, queriendo con locura a la mujer que se encontraba enfrente, y cuando todo eso calara en sus huesos, se besarían. No importaría que otros las mirasen, las señalaran o las juzgasen, todo eso quedaría por fuera de ese beso magnífico, tierno y  contundente, sería único.
Fueron unos segundos, en lo que tarda en consumirse un cigarro imaginó todo eso, no faltó ni un mísero detalle, le puso voz, vida, acento, intensidad a todo.
Cuando se cansó de esa historia, se levantó y arrancó a caminar nuevamente, para encontrarse con más posibles vidas, más cuentos, más momentos que inventar.

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