Perdona, me tomé el atrevimiento de escribirte, de entrar en tu casa para contarte mis secretos, para disculpar mis movimientos, para explicar mis actitudes, para zanjar nuestras deudas y poder resurgir sin manchas ni rencores, para poder entendernos y abrazarnos desde la verdad.
Me debatí unos momentos para elegir las palabras indicadas con las que empezar esta carta, iniciar con el arrepentimiento, con el descaro o la voluntad, escogí la sinceridad, hablarte desde acá, desde éste lado del mundo desplazado.
Durante mucho tiempo te he pensado y tenido presente, eres un recuerdo tatuado, muy evocado.
Mirando mis textos descubrí cuantos de ellos te pertenecen, te supieron imponer en mi mente cientos de miradas, de usos y de abusos, de ternuras y locuras, de besos y de renuncias.
Eres un trozo de mi vida importante, al que me negué descubrir, al que tomé sólo para los viajes que precisaba, para componer historias a medias. Me indiqué un camino cercado para algunos sentimientos, plantando limitaciones para ti.
Tú me facilitaste algunos atajos, me ayudaste de a ratos a escavar pozos por los que fugarme, y poder sentirte dolido una vez más y nadar en tu soledad establecida. Colaboré en tus miedos, y permití que dieras pasos hacia el abismo, mintiéndote, mintiéndome y emitiendo silencios versátiles.
Nos abstuvimos de tantos placeres, renegamos de tantas caricias y te quieros, nos mortificamos minuciosamente hasta el punto de odiarnos y menospreciarnos, que el sendero se hizo estrecho y peligroso, casi por completo venenoso.
Quemé tantas salidas deliberadamente, sacudí tantos bosques y ahuyenté las señales de culpa y arrepentimiento.
Ojalá nuestro camino hubiera estado repleto de amapolas, así tal vez hoy no te escribiría anhelándote desde una noche otoñal, sino desde la primavera cercana y esperando la aurora en alguna cama, junto a ti.
Me debatí unos momentos para elegir las palabras indicadas con las que empezar esta carta, iniciar con el arrepentimiento, con el descaro o la voluntad, escogí la sinceridad, hablarte desde acá, desde éste lado del mundo desplazado.
Durante mucho tiempo te he pensado y tenido presente, eres un recuerdo tatuado, muy evocado.
Mirando mis textos descubrí cuantos de ellos te pertenecen, te supieron imponer en mi mente cientos de miradas, de usos y de abusos, de ternuras y locuras, de besos y de renuncias.
Eres un trozo de mi vida importante, al que me negué descubrir, al que tomé sólo para los viajes que precisaba, para componer historias a medias. Me indiqué un camino cercado para algunos sentimientos, plantando limitaciones para ti.
Tú me facilitaste algunos atajos, me ayudaste de a ratos a escavar pozos por los que fugarme, y poder sentirte dolido una vez más y nadar en tu soledad establecida. Colaboré en tus miedos, y permití que dieras pasos hacia el abismo, mintiéndote, mintiéndome y emitiendo silencios versátiles.
Nos abstuvimos de tantos placeres, renegamos de tantas caricias y te quieros, nos mortificamos minuciosamente hasta el punto de odiarnos y menospreciarnos, que el sendero se hizo estrecho y peligroso, casi por completo venenoso.
Quemé tantas salidas deliberadamente, sacudí tantos bosques y ahuyenté las señales de culpa y arrepentimiento.
Ojalá nuestro camino hubiera estado repleto de amapolas, así tal vez hoy no te escribiría anhelándote desde una noche otoñal, sino desde la primavera cercana y esperando la aurora en alguna cama, junto a ti.

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