miércoles, 27 de abril de 2011

otra historia más guardada en un cajón...

Hacía tanto tiempo que no la veía, no podía asumir que en unos minutos nos  reencontraríamos, reconocía mis pies, mi cuerpo, mi pensamiento pero no podía creer que estuviera por unir mi existencia con la suya otra vez.
Me miré al espejo una vez más, para corroborar que todo llegara a su máximo potencial, amortiguando aquellos desgastes que tiempo deja en tus mejillas, en tus labios, en tu persona.
Al salir la descubrí en un salón agotado,  percibí la caída de su pelo, el color de sus botitas, esos ojos almendrados, aquella escalera de lunares infinita, todo la hacía, era una compleja sinfonía, pequeña y cromática.
Ella me miró desde lo lejos y contuvo la respiración unos segundos, eran cientos de rasgos e imágenes ligadas a ellos, caravanas modificadoras de un todo igual y distinto. Era agradable su mirada, perpleja pero satisfecha, disfrutaba de nadar en ella, cómodo y distendido.
Nos hablábamos, desde tantos puntos, conversábamos con el cuerpo, con el gesto  y con la boca, con las manos. Era una situación irreal, inasumible y a la vez cotidiana, uno frente al otro, tanto lo habíamos ansiado y ahora ahí estábamos, éramos los protagonistas del sueño hecho práctica, nos inundaba la emoción, titubeábamos, a veces nos colmaba el silencio y simplemente nos refugiábamos en él para memorizarnos, para sacarle todo el jugo a esa reunión inaudita.
La charla iba mutando, era un camaleón en juventud juguetón y excéntrico, como nosotros, como nuestro pasado, como nuestro presente.
Lo disfrutábamos enormemente, me sentía joven, la veía joven y madura, en el pico de su vida, y yo lo estaba compartiendo con ella.

Habíamos dejado las armas, ya no queríamos guerras, habíamos entrado en una tregua repleta de paz y de concesiones, cedíamos, acompañábamos, nos buscábamos y queríamos desde lo mejor.
Comparándonos con el pretérito de nuestra relación, todo era tan opuesto y tan parecido, habíamos conseguido expandir y completar todos nuestros momentos de esos colores felices de los que habíamos gustado.
Se abrían un millón de puertas frente a nosotros, en abanico, las cuerdas se tensaban por encontrar una respuesta acertada y duradera, tal vez estábamos demasiado ansiosos por elegir, pero queríamos algo concreto, exacto, delimitado y flexible y nos lo prometimos, íbamos a conseguirlo...

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