Arrastro palabras por estas veredas montevideanas, sucias, escalonadas, grises. Arrastrándolas calle tras calle busco transformarlas, armar melodías que apacigüen mis tormentos, parir olas que revuelvan esta mar tranquila e indiferente, dividir los océanos por un segundo y observar que chillan estas mentes rotas de dolores que son tan distintas y tan iguales a las mía.
Que trabajo arduo y dispar me propongo, cuando solo tengo dos manos que transcriban, dos orejas que esperan que el silencio se revele en un grito colosal, una boca que busca otras con las que litigar esta penosa situación, dos ojos avejentados que se cansan de rastrear.
No importa si lo consigo, no importa que fracaso me rompa en cientos de moléculas inertes, no pienso parar de buscar.
Que trabajo arduo y dispar me propongo, cuando solo tengo dos manos que transcriban, dos orejas que esperan que el silencio se revele en un grito colosal, una boca que busca otras con las que litigar esta penosa situación, dos ojos avejentados que se cansan de rastrear.
No importa si lo consigo, no importa que fracaso me rompa en cientos de moléculas inertes, no pienso parar de buscar.

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