Me gustaría recitar intrigas en tu oído, oído que no es el
tuyo, sino aquél que yo creo que es y deposito en los laterales de tu cabeza,
esa cabeza que también imagino como tuya, como quiero que sea, está hecha toda
de trozos de saber, de música y de truenos. Y esas palabras nadan hasta lo más
profundo y rescatan una sonrisa, una idea o un suspiro, y tu boca emana
fotografías, versos, tiempo oxidado,
todas ellas impactan en mi piel, fusionándose y haciéndose mar con las
mías, y entonces yo pienso que el mundo reducido de los dos es ancho,
suficiente, inesperado. Y me nace recitarte estas poesías bajo un sauce
llorón, que nos acurruque melancólico y
manso en su regazo, y tu piel se vuelva chispa con el roce de la mía, y que
nuestro silencio pactado rompa la tregua de este campo aislado, y ardamos
convencidos de ese paso.
lunes, 28 de noviembre de 2011
algunos sentidos y verdades en la carretera
Asomo mi cabeza a la carretera, todo parece estático, a lo
lejos se pueden señalar unas auroras difusas y amarillentas, la brisa
primaveral revoloteando, colándose en las rendijas abiertas.
Sintiendo que mi final es lejano, avanzo, danzando sobre ese asfalto herrumbroso creyendo saber el rumbo elegido. Me deslizo besando sutilmente con las puntas de los pies ese gris cansado e indiferente, fantaseando con las copas de los árboles, diluyéndome con cada hoja, cada verde, cada contraste con el cielo azul marino, dejándome ser con cada instante que se presenta. Siguiendo una música interna que no puede ser disgregada y etiquetada, se vuelve inquietamente confusa pero a la vez cómoda y conocida, con sus ritmos contradictorios y sus fallos tremebundos, sus risas a carcajadas y las olas del océano muriendo en la costa, es esa esencia de cada uno, con la que entra en contacto, con la que se permite estar y fluir.
Habiendo cruzado la mitad del camino, me detengo, respiro esa noche montevideana que está germinando, me nutro, dejo que el tiempo me esquive por un rato, me dejo sentir llanamente y continúo mi hazaña de llegar a mi casa sin rasguños, sin malas experiencias y repleta de enseñanzas, de algunos sentidos y verdades.
Sintiendo que mi final es lejano, avanzo, danzando sobre ese asfalto herrumbroso creyendo saber el rumbo elegido. Me deslizo besando sutilmente con las puntas de los pies ese gris cansado e indiferente, fantaseando con las copas de los árboles, diluyéndome con cada hoja, cada verde, cada contraste con el cielo azul marino, dejándome ser con cada instante que se presenta. Siguiendo una música interna que no puede ser disgregada y etiquetada, se vuelve inquietamente confusa pero a la vez cómoda y conocida, con sus ritmos contradictorios y sus fallos tremebundos, sus risas a carcajadas y las olas del océano muriendo en la costa, es esa esencia de cada uno, con la que entra en contacto, con la que se permite estar y fluir.
Habiendo cruzado la mitad del camino, me detengo, respiro esa noche montevideana que está germinando, me nutro, dejo que el tiempo me esquive por un rato, me dejo sentir llanamente y continúo mi hazaña de llegar a mi casa sin rasguños, sin malas experiencias y repleta de enseñanzas, de algunos sentidos y verdades.
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