jueves, 29 de marzo de 2012

Esta Tristán


Hoy, desde la puerta del local observaba esa calle que se contonea delante, esa Tristán que sin ser tremendamente extensa abarca innumerables mundos, te absorbe a su mundo donde conviven cientos de dimensiones,  extravagantes, tenebrosas, amables, compañeras, académicas, nocturnas y enviciantes.  Porque es así, en el día es atravesada por miles de transeúntes que van dejando su huella y sin siquiera pensarlo se llevan consigo mil historias. Personajes de este Montevideo insomne, delirante e inhóspito que los devora y regurgita invisibles. Han cruzado al más allá y su regreso no es valedero, los archivamos como muertos vivientes y pasan al sector del olvido, de ser vistos y negados, cosificados como elementos mórbidos del paisaje.
Sin embargo, aclarado el pavimento, el saber se inyecta en las aceras, los libros rebozan y coartan el caminar construyendo laberintos de paradojas.
Y aun así atrapa por su singularidad, su desprolijidad poética, sus incansables oportunidades y su diversidad de ofrendas. 
Es una calle con piernas y mentes, a todas permite su espacio, los acobija con su singular querer que es ambivalente, familiar, irreverente y adictivo, tierno y efusivo.   

lunes, 19 de marzo de 2012



Si supieras cuantas horas, días, dedico a pensar en vos,
a besar la silueta de tu recuerdo.

Entiendo la distancia,
la necesidad,
el momento,
y de igual forma soy incapaz de abandonar lo que siento.

Me da pánico imaginar que las noches avanzan sin vos,
sin que vos sepas todo lo que sos para mi.

Remolinos de tristeza giran las aspas de mi reloj.
Tristeza que huele a vos,
que esparce el color de tus ojos a mar borracho.

Que cierto este amor complejo que ha enfrentado tantas miserias,
desenfrenos, usos y abusos.
Aun así perdura, y con cada amanecer suspiro con la ausencia de tu cuerpo ocupando esta enorme cama que tuvimos.

Este puto océano que nos separa,
telón de hierro,
que nos aplaza, repeliéndonos.

Te quiero tanto y te extraño,
quisiera decírtelo mientras recorro tus ríos violetas que bañan tus ojos,
rodeándolos y confraternizando con esa nariz helénica,
besando tus tímidos labios. 

Moribunda aceptación


Qué nos separa?
Por qué nos empeñamos en huir?
A qué le tememos realmente?
Nos ahogamos en este desierto,
somos fruto de esta rencorosa agonía,
por cobardes frustramos este indescriptible crepúsculo.
Nos negamos.
Perdón, apenas logro vislumbrar mis verdades,
no puedo soldar palabras
en tus silenciosos labios 
ni empujarte conmigo al abismo del dilema.
No conozco tus angustias,
imagino que asfixian como las mías,
que te adormecen el cuerpo hasta doler
y te exigen movimiento, cura, solución.
Solo voy a extraer mi percepción
y contarte qué incertidumbres me atormentan.
Tu indiferencia me lastima,
son cortes gélidos y delgados en la piel,
cada vez que tus oceánicos ojos me esquivan
escucho el golpe de los látigos impactar 
contra mi espalda, 
cobrando los cientos de errores que supe cometer.
No siempre reconozco tu persona.
Algunas veces creo estar frente a un extraño,
que ocupa el cuerpo de aquel chico que conocí,
con otra forma de enfrentar la vida.
Otras, aparece aquel niño al que defraudé
y que me observa con sus ojos vacíos
que exhalan amor y desprecio.
Y aquellos días encontré el hombre al que esperaba,
cálido y compañero, el hombre que supo combatir sus miedos
que se conoce y ansía descubrir.
No recuerdo por qué ese hombre se fue,
ni por qué yo lo dejé marchar,
o por qué me encerré en ese silencio que olía a duelo,
y me refugié en este gris consuelo
de aceptación moribunda.
Me abandoné,
y ya ni recuerdo por qué.