Hoy, desde la puerta del local observaba esa calle que se
contonea delante, esa Tristán que sin ser tremendamente extensa abarca
innumerables mundos, te absorbe a su mundo donde conviven cientos de
dimensiones, extravagantes, tenebrosas,
amables, compañeras, académicas, nocturnas y enviciantes. Porque es así, en el día es atravesada por
miles de transeúntes que van dejando su huella y sin siquiera pensarlo se
llevan consigo mil historias. Personajes de este Montevideo insomne, delirante
e inhóspito que los devora y regurgita invisibles. Han cruzado al más allá y su
regreso no es valedero, los archivamos como muertos vivientes y pasan al sector
del olvido, de ser vistos y negados, cosificados como elementos mórbidos del
paisaje.
Sin embargo, aclarado el pavimento, el saber se inyecta en las aceras, los libros rebozan y coartan el caminar construyendo laberintos de paradojas.
Y aun así atrapa por su singularidad, su desprolijidad poética, sus incansables oportunidades y su diversidad de ofrendas.
Es una calle con piernas y mentes, a todas permite su espacio, los acobija con su singular querer que es ambivalente, familiar, irreverente y adictivo, tierno y efusivo.
Sin embargo, aclarado el pavimento, el saber se inyecta en las aceras, los libros rebozan y coartan el caminar construyendo laberintos de paradojas.
Y aun así atrapa por su singularidad, su desprolijidad poética, sus incansables oportunidades y su diversidad de ofrendas.
Es una calle con piernas y mentes, a todas permite su espacio, los acobija con su singular querer que es ambivalente, familiar, irreverente y adictivo, tierno y efusivo.

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