Me
quiero pronunciar, dejar escritas algunas palabras, que aunque el agua lave,
habrán sido dichas.
No quiero que mi tiempo sea medido por otro ritmo que no sea el del amor,
entendiéndolo como más que el marco artificial y rimbombante que nos venden, que
nos inculcan. Pensándolo como todo aquello que nos potencie, nos haga mejores,
nos nutra. Es decir, todo aquello que
queda por fuera de lo delimitado como campo amoroso, que casi nos roban cuando
dicen que el amor es una cosa, un objeto, que es monógamo, que se puede cuantificar,
medir y hasta impedir. Cuando nos dicen que el amor es posesión, celos, seres mixtos que hacen un solo cuerpo
despreciando su individualidad. Cuando nos niegan lo diverso, lo ambiguo, lo
que no se puede explicar.
No, eso no es amor, no.
Quiero que el amor que pienso se haga, que lo hagamos, todos, todas, todo el
tiempo.
Quiero que nos queramos aunque no nos banquemos, aunque el otro o la otra nos
incomode o nos irrite, quiero que nos queramos lo mínimo para no lastimarlo a
propósito, ni siquiera sin querer queriendo.
Quiero que la oscuridad deje de ser entendida como todo lo malo, como lo
negativo del mundo, sin ella tampoco hay nada, sin la oscuridad los besos
tiernos de antes de dormir no serían lo
mismo, las caricias infraganti no tendrían el mismo sentido, los roces no
significarían lo que son. La voz no resonaría igual sin ella, el tacto no sería
el protagonista, ni el resto de los sentidos.
En la oscuridad pasan muchas cosas, de ella surgimos, en ella nos gestamos, nos
hacemos de a poquito, y en ella nos escondemos, nos refugiamos cuando nos
perdemos o cuando nos queremos perder. A
ella acudimos cuando la luz nos ciega, nos invade, nos marea.
En ella vivimos cosas que no viviríamos con el sol del mediodía ni con el sol
de medianoche.
Quiero decir, que aunque me ponga cursi (de lo que me doy cuenta), tenemos que decirlo, tenemos que
gritarlo, escribirlo, pronunciarnos, si
queremos construir este mundo desde otro lado, tenemos que explicitarlo.

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