Siento culpa, nieta ya de un catolicismo caduco, la herencia de esta cultura judeo-cristiana está en mi piel, maldita, que se mezcla con mi deseo, mi sentir, mis ganas de libertad.
Y ahí me encuentro, siempre en lucha, siempre combatiente, contra mi historia, contra el mundo, contra lo que soy, buscando cambiar aquello que me encarcela y me priva.
Sin embargo, la pugna no acaba, infinita desde su concepción, me abofetea, me desgasta.
Cuando lloro, cuando me siento dolida por amores incomprendidos e inacabados, cuando me siento libre para coger con quien quiero y como quiero, cuando salgo a la calle con mis pelos al viento y me siento juzgada, ahí siempre resurge la culpa, esa que se me tranca en la boca, en la garganta y me roba hasta el pecho. Maldita culpa que me hace vacilar, me descompone, me lleva con su oleaje a las profundidades del mar de la deuda. Deuda con quién? con el cadáver de un dios inexistente? con mandamientos patriarcales que dicen que ser así no está bien, que esto no es ser mujer? No quiero ser esa mujer, no me interesa, sin embargo la culpa emana, y yo no sé que hacer con ella, cómo matarla.
Quiero creer que vomitándola acá la extraigo, borro los grilletes que la encadenan a mi cuerpo. Poniéndola en el estrado de un juicio innecesario, la condeno al exilio, aunque sé que es un ente insoluble, ese juego me germina una sonrisa y siento que puedo respirar un poco mejor.
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