lunes, 14 de mayo de 2012

La mujer detrás de la cascada



Felicia sufre en esta realidad que le es hostil, injusta. Su mundo es ingenuo, su existencia se mueve de polo a polo, dramático e intenso es el correr del tiempo, maximiza los detalles azarosos, y un instante absorbe su vida.
A pesar de ello, se desliza gentilmente entre recovecos de una ciudad ajena, siempre tiene una  sonrisa que obsequiar aunque sus miserias le corroen el interior y desborda cariño a cuanto ser se detenga a su lado.
Ha aprendido a canalizar el dolor, a dejarlo caer desde las alturas y ver como se descompone en las piruetas pariendo un espectáculo increíble, allá lejana, en el Olimpo que es su trapecio.
Aun así Felicia teme, teme como tememos los ateos a la miseria de la soledad cotidiana, al silencio y al murmullo no identificable, a ser su única observadora. Teme sin pausas ni concesiones por eso busca, experimenta los rincones de otras camas y se hospeda bajo el torso de algún hombre. Se  esconde, de sus muertos, de su sombra, de encontrarse a si misma en la oscuridad, en la más cruel de las intimidades.
Y cuando ni los remedios ni las máscaras funcionan, cuando los hombros no bastan para acurrucarse ni taparse de su reflejo, entonces explota, y ya no danza en puntas de pie sobre el asfalto, ni alumbra arte, se encarcela en la locura, se desquicia, llora cuantas lágrimas caben en sus ojos, grita y gime como si le despegaran lentamente su piel a retazos. Ya no cree en el cielo ni en la tierra, no hay mundo, sólo dolor, tristeza, angustia que cae en cascada sobre ella, cubriéndola, impidiéndole ver más allá, convirtiendo sus emociones en cortina desfiguradora.
Queda aislada, se transforma en una postal que insinúa una mujer detrás de una cascada. 

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