Qué nos separa?
Por qué nos empeñamos en huir?
A qué le tememos realmente?
Nos ahogamos en este desierto,
somos fruto de esta rencorosa agonía,
por cobardes frustramos este indescriptible crepúsculo.
Nos negamos.
Perdón, apenas logro vislumbrar mis verdades,
no puedo soldar palabras
en tus silenciosos labios
ni empujarte conmigo al abismo del dilema.
No conozco tus angustias,
imagino que asfixian como las mías,
que te adormecen el cuerpo hasta doler
y te exigen movimiento, cura, solución.
Solo voy a extraer mi percepción
y contarte qué incertidumbres me atormentan.
Tu indiferencia me lastima,
son cortes gélidos y delgados en la piel,
cada vez que tus oceánicos ojos me esquivan
escucho el golpe de los látigos impactar
contra mi espalda,
cobrando los cientos de errores que supe cometer.
No siempre reconozco tu persona.
Algunas veces creo estar frente a un extraño,
que ocupa el cuerpo de aquel chico que conocí,
con otra forma de enfrentar la vida.
Otras, aparece aquel niño al que defraudé
y que me observa con sus ojos vacíos
que exhalan amor y desprecio.
Y aquellos días encontré el hombre al que esperaba,
cálido y compañero, el hombre que supo combatir sus miedos
que se conoce y ansía descubrir.
No recuerdo por qué ese hombre se fue,
ni por qué yo lo dejé marchar,
o por qué me encerré en ese silencio que olía a duelo,
y me refugié en este gris consuelo
de aceptación moribunda.
Me abandoné,
y ya ni recuerdo por qué.