No sé hace cuanto tiempo que no vivía este sentimiento, con esta intensidad.
Reconocía este sentir, como un líquido espeso, grisaceo, gélido, que lentamente ascendía. Comenzaba en la boca del estómago, que se retorcía, inquieto rugía, todo lo cubría con impotencia, sellaba con angustia cada canal sanguíneo.
Palidecí, mis brazos se entumecieron y el aire no alcanzaba, por mi esófago avanzaba esa materia oscura, pesada como el plomo que me arrastraba con mis demonios.
Quería gritar, mi cuerpo no reaccionaba, tampoco podía enloquecer en plena calle, desaforada, exorcizando mi angustia, no podía salpicar con mi miseria a los que tranquilamente caminaban a mi lado.
Estaba sola, aislada. Podía haberme tirado al suelo, dejarme caer sin más, fundirme con el cemento, inerte, inmutable, con la nada.
No podía irme, algo no me lo permitía, me decía quedate, esperá, aguantá un poco más y sin embargo, en cada cuadra fantaseaba con que al llegar a la esquina doblaba y me iba a mi casa, huía, corría todo lo que podía para alejarme de ahí. - En la próxima doblo- me repetía una y otra vez, intentando convencerme, juntando fuerzas para girar en mi ruta, cambiar el camino.
El recorrido era interminable, calles y más calles vacías, mojadas, invernales. Soplaba ese aire revoltoso, de tormenta, y nos movíamos, tomando, conversando.
No podía quitarles la vista de encima, era una atracción morbosa, miraba y me dolía, la angustia se hacía presente, se me metía en la carne, reventaba contra mi piel que ya no protegía ni resguardaba, los hombros se me contraían a forma de coraza, enfrentando como se podía ante los dolores del corazón. Todo el tiempo los buscaba, quería poder ver qué pasaba, qué hacían, hasta donde él respondía, hasta donde llegaba ese tonteo que había comenzado sutil e inofensivo y que ahora se convertía en insinuaciones y claras pretensiones. Necesitaba ver, ver para creer, ver para saber a qué, a quién me enfrentaba. Me dolían los ojos, un sabor agrio inundaba mi boca, se balanceaba mientras alimentaba mi enojo, quería matar y morir.
Nos sentamos, el whisky iba de mano en mano, ella se acercaba a él, lo intentaba tocar, acercar. Yo observaba, constantemente estaban bajo mi mirada incansable que vigilaba atentamente desde el momento en el que ví su mano buscando la de él, ansiando el roce. Primer golpe en el pecho, se me contrajo, sentí el filo del metal llegar hasta lo más profundo y quitarme el aliento. Intenté respirar para zafar de la atmósfera perversa que me cubría, sentía esa masa taponear mi estómago, hacerlo piedra, no podía entender qué pasaba y cada instante se volvía más fatídico, más irreal. No podía desprenderme de ese sentimiento, estaba embriagada en la pesadumbre del rechazo y la desesperación, incrédula me mantenía allí.
Finalmente le comenta que se va y le insinúa para que se vaya con ella, él se escapa de la invitación y viene a mi vera, se escabulle, ella se va sola.
Me sentí relajada, la tensión había menguado, él se quedaba conmigo, pero... mi cuerpo todavía estaba paralizado.
¿qué estoy haciendo? ¿ por qué quiero irme con él después de como me hizo sentir?
Caminamos juntos en silencio rumbo a mi cama.
Sopla el viento marino, las calles siguen encharcadas, el cielo está rojizo, tormentoso aun, la brisa me abraza los pómulos.
Ahora puedo respirar, sentir que el aire llega a mis pulmones.
El sabor agrio comienza a desaparecer de mi boca, esa boca con la que había invocado fuerza y poder, que había maldecido a la especie humana, a los sexos y al amor, que exhudaba desprecio, enojo y tristeza.
Se disipa lentamente, aunque ahora dejando el sabor confuso del vacío y el rastro de un dolor.

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