jueves, 23 de junio de 2011

aclaraciones innecesarias de imágenes del pasado...

En mis textos, a los hombres que he querido, que deseado, que odiado y maltratado, que me han lastimado o me han ignorado, siempre los he denominado como flora, ya sea campos de amapolas, naranjos o lavandas.
Amapolas siempre ha sido mi “Él” más constante e importante, que se asocia con esta flor  porque el rojo viaja en esa ambivalencia de odio y amor, de ternura, magia y a la vez es tóxico, endeble.
Lavandas fue mi “Él” más peculiar con su aura misteriosa, de extraña flor silvestre, con fragancia particular pero cansadora, con mayor belleza imaginaria que real.
Naranjos fue mi “Él” platónico,  a quien nunca tuve ni tendré, que me aturdió la mente durante un tiempo, me hipnotizó con su grandilocuencia, su sabor y figura ovalada que tanto identifico.
Los otros que arribaron en mis escrituras fueron copias pasajeras, que el viento colocó en el camino, puntuales y efímeras.

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