Federica espera que anuncien su vuelo, pasa el rato sentada en la sala de fumadores, escribiendo y tomando café, dibujando historias y poesías. Cada pocos minutos levanta la vista, encontrándose con un mundo lejano y conocido para ella, donde las personas deambulan sin cesar de un lugar a otro internados en un trueque interminable, absorbidos por su devoción a arquetipos insensatos, peleados y contrariados procuran camuflar su desesperación. En esos instantes, en los que se percata de ese mundo, aprovecha para cuestionar, criticar y reinventar sus pensamientos, para danzar en los límites de sus zapatos, mudarse y reconocerse nueva e ingenua. Se avergüenza un poco por sacarle jugo a estas situaciones, por disfrutar de un sinsentido más. Poco después retorna su mirada a su vaso casi vacío, frío e insípido, apaga su cigarro, levanta sus cosas y camina hacia la barra de un bar en busca de más. Esos segundos que toma en anclarse nuevamente en esta tierra se le hacen eternos y siempre diversos.

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