Hay días buenos y días malos, otros que caen en una red de monotonía que te impide apreciar en ellos una superioridad de lo positivo o lo negativo, simplemente son, iguales, continuos, repleto de complejidades incoloras. Te hacen recorrer un abanico de importantes perspectivas sobre la vida misma, pasando por la apatía, cayendo en el olvido, y flotando en lo insípido, hasta que en un momento caes muy deprisa en tus pies y ahí está, una experiencia particular, nueva y completa de excéntricas emociones, ahí lo entiendes, saboreas pasionalmente ese fruto de pecado, jugoso y satisfactorio, suplicas para que el sol no aparezca nunca más. Pero las horas caminan pisoteando las aventuras, y comienza una oda al sufrimiento, que en cierto punto se vuelve conveniente y conmovedor, doler de tal forma que comprendes la dimensión de vivir, de degustar lo bueno y lo malo, aprovechar esos momentos para crecer, para avanzar, pegar saltos que siempre te hagan articularte con lo interesante, con lo creativo y con el saber, para que no te anclen las rutinas pegadizas de ojos de vacío, ni te albergues en inhóspitas excusas. Aprovéchalo, libérate de los grilletes que te impiden comprender que la vida es contradicción, elabora y disgrega, confecciona y destruye, es potencia y absoluto. Por eso digiere todo aquello que tengas a tu alcance, y disfruta de todas las experiencias que te surjan, el tiempo nos pisa los talones y no hay otra ronda que jugar.

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