En mi cuarto cuelgo postales a las paredes, la mayoría en blanco y negro, me asombran, en ellas me veo de alguna forma, ese instante se me muestra con deseo de ser pasado, presente o futuro. Me hipnotiza especialmente la del diente de león, su detalle, su simpleza y su virtud de ser natural, tal vez esa flor me recuerda mi pelo que se siente como pompa de jabón y resalta en la multitud. La del músico que apenas tiene imagen, cercado queda su rostro, pero aún así, parcial y desplazada realza la belleza de la pasión y la constancia.
Aquella hilera de hombres fisgoneando, curvados, insinuando los susurros y comentarios, con ese color sepia que te retorna a la época.
Esa chica de la que se desconoce situación, parece internada en el cruce del sueño y la muerte, es apatía cristalizada, y esa mano que intenta contenerla, resguardarla del golpe de la vida, firme se esbozan los dedos entre esa melena negra. Calles identificables, añoradas, esperanzadoras, se rozan con una ventana que encuadra la espera, dos adultos mirando el infinito reflexionan, y allá a las cansadas, una joven que se extiende abrazando nuevamente la luz.
Aquella hilera de hombres fisgoneando, curvados, insinuando los susurros y comentarios, con ese color sepia que te retorna a la época.
Esa chica de la que se desconoce situación, parece internada en el cruce del sueño y la muerte, es apatía cristalizada, y esa mano que intenta contenerla, resguardarla del golpe de la vida, firme se esbozan los dedos entre esa melena negra. Calles identificables, añoradas, esperanzadoras, se rozan con una ventana que encuadra la espera, dos adultos mirando el infinito reflexionan, y allá a las cansadas, una joven que se extiende abrazando nuevamente la luz.
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