Te cansa hasta hablar
y te pierde la verguenza de manos rotas.
Te marchas con elegancia para variar, con tu mirada de niño abandonado y tu cuerpo de hombre trastornado, que nunca se olvida de dar esos besos que siempre gritan perdón.
El extremo de tus caricias que sin querer me arrebatan hasta el alma, me entronan como princesa descarriada y me machacan el corazón.
Tus palabras que intentan ser manzanas para alimentar esta falsa unión, marchita, de sueños de fracaso,como calendarios del pasado o estaciones de perdición.
Y a pesar de todo estás acá,
guiñándole a mi noche,
perforando mi tétrico galpón de recuerdos enterrados, de instintos clausurados y versos desechados,
impides que avance, me conviertes en barco sepultero, alma de caparazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario