V LOS PROBLEMAS, ELLA, ELLA Y EL MAR.
Ella se toma el primer ómnibus que la lleve a la playa, baja despreocupada del vehículo, todavía no anocheció. Se sienta en la rambla dejando que el sol la empape con su calor dorado intermitente, que las gaviotas revoloteen a su alrededor, marcando territorio, extrañadas por su presencia.
Ella se sienta con las piernas cruzadas y mira el mar que está revuelto por la tormenta recién retirada, parece enojado, rabioso, golpea con violencia las rocas, provocando que el agua salte por doquier salpicando a quienes se atreven a acercarse demasiado, a aquellos que se inmiscuyen en riñas ajenas.
Todo parece calmo en una ciudad que nunca duerme, la selva de cemento respira tranquila.
Ella se pone su bufanda para cubrirse de alguna mirada escapada y también del frío que la acosa dejándole los poros como lentejuelas, se ata el pelo con más fuerza, se abrocha el abrigo invernal que desfasa con la estación del año pero que el tiempo la empuja a usarlo.
Allá en el horizonte, se ven unos pocos rayos de luz que iluminan como focos un escenario gris, casi plateado. Los barcos a lo lejos, marchan a quien sabe donde o tal vez regresan de algún mundo lejano.
Y ella reflexiona, respira el agua salada que expulsa el mar turbio. Mira a todos lados, hasta que percibe algo en uno de los laterales, es otra chica que se encuentra en la misma postura que ella, cercana al mar, como hablándole, desahogándose, pujando sus problemas. Tal vez, al igual que ella, tira sus preocupaciones al agua, para que se hundan, para que mueran o tal vez para que naufraguen hasta un lugar distante y alguien cansado de sus problemas, haga un triste trueque, los tome y cambie su vida.
Ella se sienta con las piernas cruzadas y mira el mar que está revuelto por la tormenta recién retirada, parece enojado, rabioso, golpea con violencia las rocas, provocando que el agua salte por doquier salpicando a quienes se atreven a acercarse demasiado, a aquellos que se inmiscuyen en riñas ajenas.
Todo parece calmo en una ciudad que nunca duerme, la selva de cemento respira tranquila.
Ella se pone su bufanda para cubrirse de alguna mirada escapada y también del frío que la acosa dejándole los poros como lentejuelas, se ata el pelo con más fuerza, se abrocha el abrigo invernal que desfasa con la estación del año pero que el tiempo la empuja a usarlo.
Allá en el horizonte, se ven unos pocos rayos de luz que iluminan como focos un escenario gris, casi plateado. Los barcos a lo lejos, marchan a quien sabe donde o tal vez regresan de algún mundo lejano.
Y ella reflexiona, respira el agua salada que expulsa el mar turbio. Mira a todos lados, hasta que percibe algo en uno de los laterales, es otra chica que se encuentra en la misma postura que ella, cercana al mar, como hablándole, desahogándose, pujando sus problemas. Tal vez, al igual que ella, tira sus preocupaciones al agua, para que se hundan, para que mueran o tal vez para que naufraguen hasta un lugar distante y alguien cansado de sus problemas, haga un triste trueque, los tome y cambie su vida.
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